domingo, 3 de mayo de 2015

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No sé dónde estoy. Ni mi mente tampoco. Tantas cosas en tan pocos días y tampoco tiempo para asimilar. Sin tregua, ni cuartel; una abrumadora pesadumbre emocional se ha apoderado de mí para arrebatarme hasta la más miserable migaja de coherencia y sumir mis aspiraciones en una danza de tinieblas.

Hoy estoy sin rumbo, a la deriva de los devaneos coyunturales. Buscando sentido a demasiadas cosas, sin resultados, calibrando la desazón. Harto de continuas frustraciones, de invertir en fracasos, de gritar en silencio. A punto de explotar de una u otra forma.

Vivo en una jaula de barrotes de oro. Todo es fácil, no hay por qué hacerse preguntas; extremadamente complicado para una mente que no descansa. Ganas de volar hacia ningún lugar. Mañana será otro día para seguir engañándome con un presente que no funciona, pasado ya veremos…

domingo, 21 de diciembre de 2014

Nosce te ipsum

Tenemos una razón de ser: nosotros mismos. A partir de nuestra forma de percibir lo que nos rodea crecemos, cambiamos y afianzamos unos valores sobre los que sustentarnos. Pero creo que antes de esa relación con nuestro entorno inmediato existe otra, mucho más complicada, y de esencia introspectiva.

Conocernos cada día un poco más es la clave. Dedicarnos a diario un tiempo de silencio para examinar nuestros actos, nuestra tolerancia con las circunstancias y la capacidad de adaptación nos puede causar sorpresas, desengaños y, sobre todo, ayudar a evaluar el grado de realización de nuestras aspiraciones; hasta dónde estamos dispuestos a llegar, hasta dónde es posible llegar.

Hace unas semanas, sumido en la red de redes, encontré algo interesante. De todo los test fuleros que circulan por el universo de la información que miden tu coeficiente intelectual, predicen tu esperanza de vida, o adivinan que animal fuiste en tu vida anterior, el test de la personalidad  Myers-Briggs me pareció muy congruente.

A partir del Indicador de tipo de éste nombre se estructura un test que ofrece como resultado  un catálogo de hasta dieciséis personalidades. Contestando a una serie de preguntas el resultado te vincula con una personalidad y arroja una estadística con una serie de valoraciones encuadradas en cuatro dicotomías (extroversión-introversión, sensorial-intuitivo, pensamiento-emoción, calificador-perceptivo).

Aunque es conveniente partir de una idea primigenia. Cada individuo tiene sus circunstancias particulares y no se puede encasillar en un tipo exacto, sino de forma orientativa. Así  el interés radica en descubrir posibles aspectos dormidos de nuestra personalidad que pueden resultar muy beneficiosos para futuros proyectos o para reforzar los ya iniciados.

Mi experiencia personal ha sido bastante positiva. La catalogación que obtuve fue la de un INFJ, uno de los tipos más raros que existen por debajo del 1% de la población mundial y una descripción bastante peculiar. Os dejo aquí los enlaces para que experimentéis y os sorprendáis, o simplemente corroboréis lo que ya conocéis.



Y aquí la descripción de cada tipo: http://www.16personalities.com/es/descripcion-de-los-tipos

martes, 9 de diciembre de 2014

Mentiras

-¿Qué intentas decirme?

-Que sigo aquí, a tu lado.

-Mientes.

-Miento ¿o te mientes a ti misma?

-Intento discernir entre la quietud de tu espíritu y las sombras de mi pasado.

-Palabras voluptuosas para engalanar tu elegante falta de honradez.

-¿Tú crees?

-Aunque te dijera lo que quieres escuchar seguiría pensando lo mismo.

-Quizás porque nunca has tenido el valor de conocerte y saber hasta dónde serías capaz de llegar.

-O quizás tu inconmensurable impasibilidad nunca me ha dado la posibilidad de hacerlo.

-En todo caso, mientes.

-Y lo que te gusta.

-Hoy y todos los días, mentiroso.

sábado, 27 de septiembre de 2014

Batallitas

Respiro. La brisa suave que entra por mi ventana en forma de aire húmedo otoñal recuerda algo más que el cambio de estación. Y es que por muchos que los años pasen los principios de curso en la ciudad del Ebro son inolvidables. Esas últimas horas de sol vespertino correteando entre las calles de la urbe gris que nunca duerme. El primer desnudo de los árboles de sus amplios bulevares y su cierzo inmortal acariciándote el rostro.

Una genuina estampa de melancolía entre cálidos reencuentros. Atrás quedaba la sofocante atmósfera de calor que se adueñaba del valle durante los meses veraniegos y el abatimiento, para dar paso al renacer y los propósitos. Lo mejor, hibernar en las cervecerías oscuras en medio de conversaciones infinitas y risas obligadas hasta horas intempestivas. Lo peor, saber que no iba a ser para siempre.

Y de repente otro año empezaba. Nadie sabía con certeza si acabaría el curso sin sufrir algún percance, sin que el techo de alguna parte de la facultad se desplomara sobre algún alumno afanado entre montones de fotocopias de escrituras antiguas y apuntes emborronados. Y las frases, aquellas que sonaban como sentencias inmortales que salían de la boca de nuestros  pintorescos maestros y te hacían levantar la vista del papel.

El final era lo mejor. Bajabas por las escalinatas, después de varias horas encerrado en un aula con olor a humanidad, y mirabas a tus compañeros a ver quién era el “empanao” de la jornada. Sin contar los que remataban la jugada dándose un homenaje a base de “petardos” en la puerta trasera del edificio y vivían habitualmente al borde de la catatonia. Aunque de este último grupo los auténticos eran los que “merendaban” antes de entrar a clase y teorizaban de forma exuberante ante cualquier cuestión planteada por el profesor de turno, regalándonos un descojono generalizado y reconfortante.

Nosotros lo dejábamos para el sábado. Los jueves eran para cazar Erasmus vulnerables y desorientadas que se dejaban caer por los tugurios del Casco, los viernes para las cervezas que acaban en almuerzos. Llegado el “día grande” de la semana te atrincherabas en un piso de cualquiera de tus compañeros y la noche discurría alrededor de un cubo de basura de los chinos lleno de calimocho y cantidades generosas de azúcar.

Daba comienzo la “velada”. El anfitrión, cazo sopero en ristre, removía el brebaje como un druida e iba rellenando vasos, tazas, ensaladeras o cualquier otro recipiente susceptible de contener la sustancia. Sobre la mesa montones de cartas mugrientas, como excusa para enzorrarnos, y el ambiente envuelto en una neblina de nicotina y magia verde que envolvía extrañas divagaciones y parrafadas en idiomas que aún están por conocer.

Era habitual que siempre hubiera alguien más comedido. Y siempre era el que peor acababa. No me olvidaré de aquel estudiante de medicina que prefería disfrutar de ese ambiente de perdición sin propasarse. Tampoco de mis viajes a la cocina a escondidas a prepararle cubatas triples, que se bebía preguntando si aquel explosivo líquido llevaba alcohol. El resultado llegó a las pocas horas cuando, con la cabeza metida en el váter, me respondía que sabía muy bien lo que le pasaba, que para algo aspiraba a ser médico. Todo mientras yo orinaba alegremente en el bidé, luchando por que la mandíbula se mantuviera en su sitio entre tanta carcajada.

En pocas horas llegaba el final. Los domingos eran como una versión post-apocalíptica de todas las profecías de Nostradamus juntas. Despertabas en un lugar indeterminado de tu casa, la luz del mediodía entraba por tus ojos inyectados en sangre y abrasaba las escasas neuronas que habían sobrevivido a la debacle. Después tratabas de mantenerte en pie y buscabas a tu compañero, entre los montones de objetos fuera de lugar y la mierda circundante. Escuchar su respiración te llenaba de esperanza, aún podrías contar con él para el próximo sábado. Tras estas comprobaciones era el momento de fregar con champú los restos incrustados en la vajilla y volver a la habitación para comprobar que todo seguía igual de desordenado. 

miércoles, 24 de septiembre de 2014

Días de verano

Ya ha comenzado el verano. Ha entrado entre titubeos: sin calor agobiante, con algunas tormentas y un continuo baile de grados. El sonido melódico de los pájaros entonando sus siringes marca el principio de cada nueva jornada, que muere con el silencio de estos particulares anfitriones. Un pequeño detalle que pasa completamente inadvertido para alguien de la capital que ha elegido el retiro rural para entregarse al conocimiento de la ciencia jurídica. Un torpe urbanita que poco a poco busca aclimatarse a este mundo desistiendo, impotente, en su intento.

No es atrevido catalogar los tiempos que corren como revolucionarios. Nuestras vidas cada vez resultan más "fáciles" gracias al compendio de innovaciones tecnológicas que vamos asimilando día tras día. La posibilidad de comunicarnos ininterrumpidamente ha desdibujado los márgenes de la intimidad del ser humano para proporcionarle un cariz renovado, un soplo de aire fresco junto al elemento que mejor nos define, la sociabilidad.

Renunciar parcialmente a estos ingenios tecnológicos siempre da que pensar. Y más en este entorno campestre en el que el siglo XXI parece postergarse. Para empezar el tiempo se dilata y el día cunde hasta extremos difíciles de imaginar; el mundo hace ademán de detenerse ante la ausencia de información instantánea, dejando una sensación de angustia, primero, y de libertad, después; las contadas conexiones con el mundo exterior acaban por resultar extrañas e, incluso llamativas. Con todo, es inevitable caer en la cuenta, después de algunos días en medio de la nada, de las posibilidades que nos brinda nuestra mente y como ésta acaba por atrofiarse entre estos "prometedores avances". ¿A dónde quiero llegar?

Concretamente al Antiguo Egipto. Desplegadas en ordenadas hileras las bancadas se suceden simultáneamente en el inconfundible espacio diáfano del aula de una facultad. Las caras de los alumnos escrutan con atención un punto de la estancia. Del frontal de la pizarra, surcada por palabras lanzadas y vertiginosas perfiladas en tiza, -signo inconfundible de la mente brillante de su autor-, cuelga un mapa de la cuenca Mediterránea rematado por un título en alemán y con el río Nilo en primer término, flanqueado por una amplia diversidad de símbolos y nombres inapreciables desde el pupitre. A su vera un individuo de imponente estatura acciona con precisión y mesura sus brazos, sincronizándolos con cada expresión de su rostro y palabra que articula su poderosa mandíbula.

Hay personas que marcan inevitablemente tu existencia, aquella era una de ellas. Como apasionado y experto en religiones ancestrales pérdidas en la noche de los tiempos el profesor nos planteó una de sus enriquecedoras reflexiones: "Imaginen verse desprovistos de todos esos artefactos que han convertido en imprescindibles dentro de su rutina. Ahora levántense de sus sitios, abandonen el aula, tomen asiento en alguna duna remota del Egipto de los faraones y oteen la infinidad del horizonte; mediten sobre lo que perciben a través de sus sentidos. El viento dibujando formas caprichosas en la arena y acariciando las crestas de los innumerables montículos, algún rastro marchito de vegetación, ejemplares faunísticos vagando sin rumbo o caravanas de mercaderes avanzando a un ritmo soporífero."

A estas alturas la expresión hipnótica de los pupilos sólo podía presagiar un espectacular final. "Sé lo que están pensando y sí, puede haber alguna forma de vida capaz de soportar esas condiciones tan adversas ¿Pero cómo podrían explicar, desde su perspectiva de espectadores privilegiados, la sensación que les causa observar el errático movimiento de las aves sobre el cielo o de otros animales en tierra? ¿Cuál es su papel en la inmensidad de esa desolada y silenciosa estampa?" Todos esperaban expectantes la respuesta a una pregunta sobre la que nadie iba a postularse, en medio de una pausa interminable.

"Aquellas formas de vida eran la manifestación más certera de la divinidad. Si no me creen levántense y caminen con decisión hacia la pirámide o necrópolis más cercana, penetren en su interior antorcha en mano y contemplen los relieves de las cámaras funerarias. Ahí están. Todos esos animales representados en una posición jerárquica preeminente, fundidos con formas antropomorfas y gesticulando para la posteridad sobre filas de individuos sumisos en disposición de alguna acción reiterativa, laboral o de adoración, dirigidas a sus deidades." La clase al completo no salía de su asombro.

"La observación de la naturaleza más inmediata proporcionó a la sociedad egipcia unas deidades ligadas a cada una de la zonas del Nilo, en representación de sus matices culturales, vitales o del más allá ¿Son ahora conscientes de como nuestro progreso nos ha llevado a dominar ese entorno salvaje y, por ende, acabar con la esencia de misterio e infinidad con el que era percibido por nuestros antepasados? ¿Entienden hasta qué punto la tecnología ha alterado nuestras aptitudes naturales de observación y reflexión para delegarlas en aparatos diminutos que acaban con toda posibilidad de ingenio? Sí algún día dominamos el cielo y otros planetas ¿la dimensión celestial en la que situamos a nuestro dios cambiará y ellos desaparecerán con ella? Créanme, las religiones no son más que la proyección de nuestros temores más ocultos, la adoración de lo inexplicable y misterioso; el límite entre lo conocido y lo que está por conocer, entre la ciencia y la fe. Salgan a la calle y, si lo necesitan, busquen a sus dioses: al músico de la esquina, al kiosquero, al taxista o al perro-guía del vendedor de cupones. Pero si eligen el otro camino, el de la duda, la asimilación, el conocimiento, la cuidada reflexión; no habrá dios que colme sus temores porque el que conoce no teme y el que no teme nunca se detiene." La clase prorrumpió en un sonoro aplauso mientras el profesor asentía entusiasmado en señal de profundo agradecimiento.

Ya hace un rato que el sonido melódico de los pájaros se ha apagado. Sonrío recordando aquellas lecciones magistrales que hoy forman parte de mis gratos recuerdos y de la experiencia. Con una cantidad considerable de vino en el cuerpo, después de varios asaltos a los toneles de la bodega, despacho estás últimas líneas. Otra agotadora jornada rural termina para mí. 

jueves, 18 de septiembre de 2014

Carta del 2014

Hoy, después de mucho tiempo, me he decidido a revolver en el trastero. Ahí, entre un tresillo tapizado con mimo de artesano y deteriorados álbumes de fotos, han aparecido auténticas joyas literarias del Siglo de Oro y muchos de los manuscritos que escribió mi abuelo en sus ratos libres. Cada uno de sus vaivenes emocionales, su insaciable curiosidad y ese temperamento melancólico que nos regalaba día tras días hasta hace unas pocas semanas; ya para la posteridad.

De todos ellos he reparado en uno con fecha de septiembre de 2014. Su contenido aúna las dudas de un veinteañero, las inquietudes de un ciudadano perdido entre las marañas de su propia realidad y las ambiciones de un inconformista. Leer estas líneas cincuenta años después, en pleno 2064, aún resulta alentador:

¿Hacia dónde nos dirigimos? Nuestro mundo está cambiando a pasos agigantados delante de nuestras narices y ni siquiera somos conscientes de ello. Las innovaciones tecnológicas de la última década han alterado nuestros patrones de interacción social y ritmo vital. Nos encontramos en medio de la Tercera Revolución, al menos de las documentadas como tal.

Consecuencia de este empuje es la consolidación de la Globalización. El ajetreo de los circuitos comerciales ha llevado a la búsqueda de nuevas formas de comunicación más instantáneas y eficientes pero también ha tenido una importante proyección política en el campo de las relaciones entre estados. Así los viejos estados nacionales caminan, inexorablemente, hacia su desmembración; para acabar incardinándose, como ya está ocurriendo, en realidades supranacionales o regionales.

¿Cómo revierte este proceso en el sentir general? Mediante una crisis de identidad. La desubicación de los ciudadanos, junto a la crisis financiera, inmobiliaria (en nuestro caso) e incluso axiológica, también está influyendo en nuestra constante forma de percibir el entorno que nos rodea. Como si nuestras espaldas cargaran con una pesada losa que no nos corresponde. Pero existen precedentes.

En efecto, podríamos referirnos a otros periodos revolucionarios. En su seno se produjo un agotamiento de las formas de producción tradicionales que fueron mutando hasta adaptarse a la vanguardia tecnológica, con mayor o menor dinamismo según las naciones. En este contexto todos los que hicieron fortuna fueron adalides de su propio ingenio, dando como resultado nuevos inventos que estimularon aún más el proceso de cambio estructural.

¿Qué hacer hoy en día? Creo debemos tomar el testigo de las generaciones que nos preceden. Nosotros seremos los que, con más pena que gloria, viviremos peor que nuestros padres e hijos (si llegan) pero alumbraremos importantes innovaciones en todos los ámbitos abriendo un periodo completamente diferente a los anteriores. Nada es igual después de una crisis -como sinónimo de renovación- ni mejor, ni peor; simplemente diferente.

Le hecho una foto al texto, la he retocado con una App rudimentaria y la voy a imprimir con el móvil; quiero que el trazo nervioso de estas letras me recuerde, día a día, cada una de las cosas que conozco y poseo gracias al sacrificio de esa generación de activistas y soñadores ¡¿Será que hemos perdido las ganas de luchar?!

miércoles, 23 de abril de 2014

Redención

Hay un lugar en el que la vida y la muerte se dan la mano. La atmósfera de un hospital a nadie le es indiferente, las situaciones tampoco. Desde el futuro y la esperanza al pasado, la reflexión y la entereza. Todo se entrama en un torbellino de emociones que corretea por las frías estancias, mientras la vida cotidiana sigue su curso ahí fuera.

Esta ambigüedad mental encuentra su afirmación en el color. El blanco mezcla todos estos elementos en nuestro cerebro y predispone nuestros pensamientos a una interpretación confusa. Podemos abandonar la noción del tiempo gracias a su vacuidad o tomar su luminosidad como un sentimiento de fortaleza.

En todo caso impera lo insólito. La rutina hospitalaria llega como algo inesperado y poco agradecido que, de prolongarse, te impone una armadura impenetrable a la hora de afrontar tus problemas y preocupaciones de vuelta al mundo exterior. No siempre se puede contar con la suerte de disfrutar de una atención diligente que permita salvaguardar la frialdad del entorno pero, de tenerla, todo resulta más llevadero.

En definitiva se trata de experiencias poco recomendables pero importantes de vivir ¿qué sería de nuestra existencia si todo fuera un camino de rosas, si no supiéramos lo que son las largas horas de impaciencia y cansancio y la satisfacción de saber afrontarlo? Las cicatrices son fundamentales y si tienes el honor de aprender de alguien que las cuenta por decenas todavía más. 

lunes, 14 de abril de 2014

Devaneos del más allá

Creer en lo imposible es un pensamiento eterno. Desde siempre la mente humana ha sentido, y siente, la necesidad de entregarse a cuestiones indemostrables. Me refiero a la presencia de entes supremos, utopías u otras ilusiones con las que hacer frente a las inquietudes del día a día. Así la incansable búsqueda inconsciente de realidades intangibles cobra un atractivo inefable que perdura a lo largo de nuestro devenir.

He aquí el punto de partida de la argumentación. La angustia que puede crear esta clase de dogmas ilusorios impulsa, por instinto, a refugiarnos en la ostentación y el gusto por lo llamativo para dar una perspectiva física a esa realidad subjetiva o mental que nos inquieta. Ello conduce a la eterna paradoja del individuo: la creación de un pensamiento que está por encima de la realidad rodeado con tintes o caracteres propios de esa realidad de la que trata de alejarse.

Reflexionemos un momento sobre las posibilidades de esta idea. Los rasgos familiares implícitos en esa realidad lejana intervienen para atenuar la impaciencia por lo inexplicable y le aportan una empatía muy reveladora para el que sigue sus pasos. Es ese vínculo el que permite, a quienes son conscientes de él, de utilizarlo para convencer a otros de la importancia o valor que tiene seguir el dogma que propugnan. O lo que es lo mismo: los que comprenden la esencia de un ideal pueden utilizarlo para seducir a los que sienten la necesidad de creer en algo diciéndoles lo que quieren escuchar y, de este modo, lucrarse personalmente o dirigirlos según su propia voluntad.

Los ejemplos son interminables. Sectas de todo tipo, religiones, modelos políticos…Todos condensan la fuerza de lo invisible, todos desprenden esa fascinación por lo desconocido que apacigua las dudas existenciales de sus fieles seguidores. Sin duda la proyección de lo desgranado hasta el momento en las organizaciones, o estructuras fácticas que le dan objetividad, supone un triunfalismo aterrador que arroja luz sobre los instintos más nebulosos y bajos de nuestra especie. A pesar de que siempre nos ha acompañado a la hora de relacionarnos en otros ámbitos, más allá de la espontaneidad del ambiente social en el que nos movemos.

¿Qué ocurre cuando eres consciente de algo así? ¿En qué puedes creer cuando observas que el barniz religioso, político o económico que percibes con los ojos no es suficiente para camuflar esos matices de dominio, control y ambición a los que responde nuestra propia naturaleza? Mi pensamiento a día de hoy está huérfano por completo y sólo intenta comprender todo sin ser capaz de simpatizar con nada; prosigue su camino sin resignarse en la indagación de un ideal que permita saciar sus interminables dudas sobre la infinidad del entorno. 

sábado, 1 de marzo de 2014

Un lugar sin igual

Lo recuerdo como si fuera ayer. Individuos de la quinta del ochenta y ocho deambulando por las avenidas y callejuelas de la ciudad del viento a horas intempestivas. Su indumentaria, desenfadada; sus pensamientos, confusos; sus intenciones, más que cuestionables. Era costumbre empezar en Bretón, en aquel antro de cuyo techo colgaban telas polvorientas de colores vivos y que acumulaba pinturas de diversa condición en sus paredes. 

Lo mejor era la atmósfera. Media hora en ese lugar inducía a una profunda somnolencia sólo alterada por las ingentes cantidades de cerveza y los cigarros que se iban amontonando caprichosamente, ya como colillas, en el cenicero; sí, aún se podía fumar en los bares. La camarera también tenía su aquél, a medio camino entre hippie trasnochada y dependienta de bar de carretera. Siempre andaba atrincherada en la barra tras un enorme expositor de cervezas, envuelta en una especie de lúgubre penumbra. Sólo le faltaba escupir en el suelo y ajustarse el sujetador cada vez que pedías la cuenta. Nunca olvidare las noches del Voltaire.

Más tarde nuestro camino continuaba. Pasar la noche en el Casco implicaba atravesar Independencia con paso triunfal, vaticinando otra gran salida, hasta alcanzar el nuevo destino; la vuelta, sin embargo, se asemejaba más a un desfile con tintes de decadencia moral. Pues bien en uno de los numerosos callejones que serpentean por el centro de la ciudad se encuentra uno de esos sitios con identidad propia, entrañables de recordar.

El bullicio era una de sus notas más acordes. Quizás porque muchos de los allí presentes sabíamos que tres cuartos del cubata que te servían era alcohol de calidad a tan solo tres euros y medio. Empezar la noche apostando fuerte en aquel garito suponía evitar una resaca de proporciones considerables y quedarse durante un buen rato no tenía desperdicio.

De todos los calificativos posibles el de “tasca” se revela como más apropiado. A la entrada te recibían unos escalones y una puerta de metal acristalada, de esas que hacen un estrepitoso ruido al cerrarse; el suelo, de terrazo; el techo, a base de un gotelé tosco que creaba estalactitas; y las paredes recubiertas de listones de madera de una textura mugrienta. La barra era un mundo aparte: expositores con bolsas rancias de Lay’s, un grifo solitario de cerveza, servilleteros desperdigados y detrás…ese microondas de estética soviética que te permitía detener el tiempo con tan solo mirarlo. El remate era la tabla de raciones, nunca vimos a nadie pedir alguna.

Al igual que en el anterior el camarero también era una institución. Corpulento, pelo de cortinilla, gafas de cristales empañados por una sustancia desconocida para la ciencia y actitud de comerciante dicharachero a la antigua usanza. Con una voz potente que se elevaba por encima de la acústica general te recordaba su principal atractivo: primeras marcas a precios irrisorios. Nos apiñábamos en el mostrador y sacábamos la cartera una, dos, tres y hasta cuatro veces en busca de la efímera felicidad. El resultado, obvio.  

Lo que más sentí es no haber encontrado antes este sitio. En los pubs más “chic” de la ciudad estudiantes de ropa de marca se recreaban en pedir copas en vasos ostentosos, hielos de colorines, pajitas de formas divertidas y un alcohol que seguramente habría sido destilado en algún sótano clandestino esa misma tarde. Pero allí, en nuestro bar, esos amaneramientos no importaban, pues la materia prima y el entorno valían mucho más que todo aquello.

Ese era el verdadero comienzo del fin. Salíamos de aquel templo de brebajes espirituosos y bajábamos los escalones sonriendo, a la caza de nuevas historias en otros bares de la zona, caminando con dificultad y decisión a otra noche más de recuerdos irrepetibles. 

martes, 18 de febrero de 2014

La locomotora

Viajar es maravilloso. Estudios psicológicos han señalado que cuando la mente se expone a realidades culturales diferentes a las cotidianas se activan los mismos circuitos neuronales que los presentes en los años de la infancia. Más allá de lo fisiológico, y desde lo personal, creo que el pensamiento gana en tolerancia, se libera de prejuicios y afila su raciocinio. En cualquier estación o aeropuerto el tiempo parece detenerse, las historias se entrecruzan y el ajetreo de maletas y transeúntes trasmite una sensación de caos efímero muy reconfortante.


Esta vez he repetido país de destino. En un par de semanas hará un año que conocí Berlín y disfrute de una de las capitales europeas más cosmopolitas y sorprendentes. Ahora mis pasos me han llevado a casa de un viejo amigo en el extremo más occidental de Alemania; para ser más precisos al pueblo de Düren, en pleno corazón de Renania-Westfalia. Hace unos diez días que aterricé en Colonia bajo un manto de frío y lluvia con las migrañas habituales de la época de exámenes.

Había llegado a la tierra de las oportunidades. La estampa no podía ser más gris: cielo encapotado, ambiente gélido y temperamento distante hacia los foráneos; esta tónica se mantendría a lo largo de mi aventura con contadas excepciones. El paraíso de Europa rezuma una moralidad hueca, de doble rasero, entre lo que se ve desde fuera y lo que se percibe en el interior de sus entrañas. Es innegable que la economía alemana atraviesa un momento colosal, una “locomotora” pilotada con mano de hierro por una de las mujeres más influyentes del mundo. Pero ¿a qué precio?

Considero que generalizar implica infravalorar muchos de los elementos que sentenciamos con facilidad en un solo juicio. Sin embargo, he podido percibir un rechazo visceral a los inmigrantes -en especial a los del arco mediterráneo- que, por su falta de coherencia, invita a retrotraerse a épocas oscuras de odio y sinrazón. No se manifiesta abiertamente y no es extrapolable a todo ciudadano pero, a nivel general, se intuye una actitud refugiada en esa burda superioridad “nacional” que tantos errores llevó a cometer en el pasado.

Estos claroscuros no eclipsan los tesoros artísticos y patrimoniales con los que cuenta esta zona. A pesar de la dureza de los bombardeos aliados durante la Segunda Guerra Mundial se pueden admirar las inmensas colecciones de vidrio romano, testigos mudos del floreciente comercio romano en la zona de Colonia; la catedral gótica, con una interminable lista de calificativos para ensalzar su majestuosidad; o los restos del palacio de Carlomagno, con la capilla palatina de Aquisgrán como deslumbrante joya arquitectónica que, durante siglos, acogió las ceremonias de coronación de los emperadores del Sacro Imperio Germánico, reminiscencia fundamental del antiguo esplendor imperial romano.

¿Y qué decir de la cerveza y el chocolate? Si en los próximos meses el dentista me dice que tengo caries no me resultará extraño. No recuerdo haber comido tanto chocolate, chucherías y cerveza a un precio tan asequible. Los variados tipos de Kölsch y la Veltins a un euro el litro han sido un manjar habitual a lo largo de estas vacaciones, mientras la cercanía de las fábricas de Llindt y Haribo hace de los supermercados lugares con una amplia variedad de dulces que te devuelven a la infancia.

Por otra parte las bombas no fueron tan “agradecidas” con el pueblo de Düren. A diferencia de los combates callejeros de Aquisgrán, en este pueblo la destrucción fue casi del cien por cien y se convirtió en uno de los núcleos más bombardeados de toda Alemania. El objetivo clave fue el complejo industrial que suministraba calzado al ejército nazi, así como elementos de la uniformidad, aunque es evidente que también hubo un gran número de víctimas civiles. En diversos lugares del pueblo aún hoy se recuerda con monolitos el lugar desde donde se trasladaba por ferrocarril a los judíos a los campos de concentración o el antiguo emplazamiento de una sinagoga hoy inexistente.

Estas son mis impresiones sobre esta zona de Alemania. He notado claros contrastes con Berlín pero ya se sabe que las metrópolis o las capitales no recogen la identidad de todo el territorio que encabezan, sino que suelen condensar una pluralidad cultural que trasciende las fronteras del propio país. Espero poder regresar en los próximos meses.

Tschüss

sábado, 25 de enero de 2014

Jugando a sobrevivir

Mi abuelo falleció cuando yo tenía once años. De él conservo grandes recuerdos: su inagotable paciencia para aguantar mis perrerías; sus carcajadas mientras veía las vaquillas del Grand Prix arrollar a los mardanos rurales que participaban en tan ilustre concurso; pero sobre todo aquellas partidas de Monopoly.

Todos hemos sido alguna vez especuladores inmobiliarios gracias a él. Aunque lo mío era más invertir en plan agresivo, en plan “Pocero”, dada la costumbre de mi querido abuelo de ahorrar y ahorrar sin apenas comprar calles. El final ya os lo podéis imaginar, el nieto sonriendo satisfecho con el tablero lleno de edificios y montañas de billetes por enésima vez. Algo tan simple como un tablero de cartón, unos trozos de papel y unas fichas de metal y plástico podía convertirse en un disfrute de horas.

Pero más llamativo resulta pensar en la inocencia de aquel pasatiempo. Es difícil imaginar que, merced a este juego, decenas de miles de personas consiguieran salvar la vida en una de las mayores catástrofes vivenciadas por la Humanidad, la Segunda Guerra Mundial. A pesar del mortífero número de víctimas, unos pocos volvieron a nacer gracias a ese ingenio que suele anidar en las mentes de algunos individuos en tiempos de necesidad y sinrazón.  

Empecemos por el principio. En 1939 veía la luz el MI9, sección que pasaría a encuadrarse en el Servicio Secreto británico y tuvo como misión respaldar y facilitar la liberación de soldados aliados apresados por los nazis. Con el tiempo uno de los oficiales destacados en ella, Clayton Hutton, había ido acumulando de su propia mano toda una colección de artilugios e ingenios orientados a tan ardua tarea: brújulas, sierras, cuchillos para cortar barrotes.

Y entre tanta genialidad no podía faltar una obra maestra. La de Hutton fue algo tan simple como un mapa pero con una característica muy especial; en su elaboración empleo un alto porcentaje de seda. No era la primera vez que este tejido resultaba decisivo: podríamos mencionar aquí el caso de las armaduras de los mongoles y su eficiente capacidad para absorber el impacto de los proyectiles, que catapultó a estos habitantes de las estepas a convertirse en el pueblo con más territorio conquistado en menos tiempo (desde Corea hasta el Danubio).

Pero volvamos al mapa de seda. La versatilidad del objeto consistió en su resistencia a las condiciones climatológicas adversas y a su enorme ductilidad, revelándose como el complemento perfecto a una huida bien fraguada. Llegados a este punto sólo quedaba un obstáculo por sortear y no era nada sencillo, la distribución.

Y lo cierto es que a estos Monopoly no les faltó de nada. Su tablero (con el mapa), sus billetes (mezclados con dinero real), las fichas (brújulas con el tamaño de un botón) y las tarjetas (con pasajes bíblicos para prisioneros "descarriados"). De este modo decenas de miles de soldados aliados (unos 35.000) lograron sobrevivir a la guerra.

Todo ello sin que la Cruz Roja tuviera el más mínimo conocimiento de su propia complicidad. Demostrando, una vez más, ese habilidoso ingenio abanderado por las mentes más preclaras del espionaje que tantos momentos determinantes protagonizaron en el conflicto. Como si de una partida de ajedrez en la sombra entre jugadores con los ojos vendados se tratara.

domingo, 19 de enero de 2014

El circo

Hoy vino y letras para oxigenar la mente. Panero, poeta maldito; versos para viajar a lo imposible:

Dos atletas saltan de un lado a otro de mi alma
lanzando gritos y bromeando acerca de la vida:
y no sé sus nombres. Y en mi alma vacía escucho siempre
cómo se balancean los trapecios. Dos
atletas saltan de un lado a otro de mi alma
contentos de que esté tan vacía.
Y oigo
oigo en el espacio sonidos
una y otra vez el chirriar de los trapecios
una y otra vez.
Una mujer sin rostro canta de pie sobre mi alma,
una mujer sin rostro sobre mi alma en el suelo,
mi alma, mi alma: y repito esa palabra
no sé si como un niño llamando a su madre a la luz,
en confusos sonidos y con llantos, o bien simplemente
para hacer ver que no tiene sentido.
Mi alma. Mi alma
es como tierra dura que pisotean sin verla
caballos y carrozas y pies, y seres
que no existen y de cuyos ojos
mana mi sangre hoy, ayer, mañana. Seres
sin cabeza cantarán sobre mi tumba
una canción incomprensible.
Y se repartirán los huesos de mi alma.
Mi alma. Mi
hermano muerto fuma un cigarrillo junto a mí.

Leopoldo María Panero

domingo, 5 de enero de 2014

Un deseo

Noche de Reyes, uno de los momentos más felices para los más pequeños. Un aluvión de cartas habrán sido escritas estos días con multitud de peticiones desde la más sincera ilusión, una ilusión que debería acompañarnos como bálsamo de nuestros pensamientos más agoreros sin entender de edad ni condición.

Pues bien yo también me he decidido a escribir una carta. Y todo ello porque albergo esperanzas de que, algo tan preciado como el legado de nuestro pasado, no sufra el castigo del individualismo que parece extenderse en esta sociedad "hipertecnologizada". Mi petición va dirigida al Justicia, una de las instituciones que admiro o, al menos, me parece loable por su recorrido durante parte de la Modernidad; muy a mi pesar de que sólo conserve, a día de hoy, su nombre.

En este sentido quiero dejar constancia aquí de la existencia de esta "queja". Acabo de enviarla hace tan solo unos minutos y espero que llegue a buen puerto. Paso a transcribir su contenido:

Le escribo porque me siento profundamente enojado. Desde mi condición de licenciado en Historia y futuro graduado en Derecho me veo en la obligación moral de remitirle esta misiva. Hará ya un mes que leí en el Heraldo la noticia sobre el abandono de quince mil volúmenes legados por Martínez Tejero, con algunos de los cronistas y aragoneses más influyentes de los últimos siglos. Por lo que he podido entender se proyectó instituir una fundación dedicada a la catalogación y puesta a disposición de los investigadores de esta rica colección, así como darla a conocer a través de una serie de medios de difusión. Sin embargo nada se ha hecho y no se dan explicaciones de por qué, sólo que los 30000 euros con los que se iba a sufragar el proyecto retornaran a las arcas del Gobierno de Aragón si la situación persiste. Que será lo más probable.

No es una actitud que resulte extraña en los tiempos que corren. Con estos comportamientos Administración y clase política consiguen acrecentar día tras día el descrédito de las instituciones de este país y verificar la inacción e incompetencia de sus "ocupantes". Todo ello me lleva a cuestionarme si por una vez no podríamos hacer una excepción. Aparcar los intereses corporativos de los partidos políticos y sus subalternos para representar las inquietudes y preocupaciones de los ciudadanos y, lo que es más importante, defender algo que no represente lucro o codicia personal. Sería todo un ejercicio de democracia ¿no le parece?

Con este panorama le exhorto, ya no de ciudadano a Justicia, sino de aragonés a aragonés a que tome cartas en el asunto. Y no por capricho particular, más bien por respeto a nuestra cultura. Pero sobre todo por el mero reconocimiento de todos aquellos aragoneses que nos brindaron las vivencias y pensamientos de su tiempo para que, en el futuro, puedan ser objeto de estudio y divulgación por y para aquellos que sepan apreciarlo de buen grado.

¿Imagina las posibilidades? Yo sí, pero mis esperanzas se reducen a que esta carta se convierta en papel mojado y acabe tan huérfana como el legado que trata de rescatar. No obstante no descarto enviar otra a la Sra. Presidenta y a la Consejera de Educación; a lo mejor insistiendo y con esa tozudez tan baturra que nos caracteriza conseguimos algo. Quién sabe.

Felices Reyes

martes, 31 de diciembre de 2013

Vértigo

Un año que nos deja y otro que viene. Ya desde sus orígenes el ser humano sintió la necesidad de conceptualizar todos aquellos estímulos percibidos a través de los sentidos y cada una de las piezas que componen la realidad cotidiana. Así ocurrió, por ejemplo, con el tiempo; integrado en nuestro devenir diario después de un variopinto proceso de desarrollo y que tantos quebraderos de cabeza nos da en la actualidad.

Si hay un momento del año que tiene especial importancia en nuestra manera de medir el tiempo es el día de hoy. Una etapa parece cerrarse y nuevas esperanzas se ciernen sobre nuestros actos; sin embargo, creo que no ha de ser así. En esta coyuntura tan adversa sólo el aplomo continuado puede dar sus frutos, tomando las riendas ante un horizonte de incertidumbre y evitando el refugio efímero en iniciativas vanas.

Siempre hay episodios de nuestra vida envueltos en penumbra, en los que una fuerza extraña nos empuja a construir poco a poco un futuro que, creemos, será más agradecido con nuestras conquistas. Creo que es lo mejor que se puede desear a día de hoy, perseverar hasta perder el sentido y permanecer firmes  en nuestros propósitos.

A pesar de mi escepticismo desearos un buen comienzo de año, mes y día y que vuestras ilusiones sean tan fuertes como ayer y mañana. Al final del camino, aunque no obtengáis los resultados esperados, siempre quedará la satisfacción del trabajo y el esfuerzo; al final del camino nuestra conciencia será nuestra mejor aliada.

viernes, 6 de diciembre de 2013

Desidia constitucional


Empiezo a escribir estas líneas a vuela pluma. Actualmente nos encontramos en el siglo XXI, nuestros Estados han avanzado lo suficiente para reconocer y garantizar los derechos de sus concicudadanos bajo el resguardo de un barniz jurídico, esto es, el Estado de Derecho. La manifestación más importante y acabada del largo proceso que comenzó hace un par de siglos, con la Revolución Francesa, han sido y son las Constituciones, auténticos ejes rectores de todo el engranaje institucional estatal.


La nuestra, la española, está de celebración. Como es natural muchas cosas han cambiado, los constituyentes y arquitectos de la realidad política, jurídica y social en la que estamos inmersos quizás no previeron las consecuencias de la misma. Lo cierto es que después de estas décadas los partidos políticos han hecho de este texto, y de su planteamiento vertebrador del Estado, una especie de cuerpo al que yuxtaponer su propia infraestructura orgánica de poder con el fin de preservar sus intereses particulares y esquivar con sutileza, o ni siquiera eso, muchos de los preceptos esenciales de la misma.

La Constitución del consenso se ha convertido en la legitimadora de la clase política y en el papel higiénico de los nacionalismos periféricos. Una flor marchita vapuleada por el Alto Tribunal que tenía que servir de escudo contra las injerencias de los poderes del Estado y de sus empresas privadas. Hoy, conciudadanos, arrastramos la endogamia que nos ha caracterizado a lo largo de nuestra historia constitucional reciente pero con una apariencia renovada.

Y el fondo del problema viene siendo el de siempre: la carencia de un nacionalismo maduro y bien construido (no como ideología, sino como instrumento de ciudadanía); las pesadas cadenas de una abigarrada experiencia política; y el más lamentable, la necesidad de una ley educativa fruto de un pacto de Estado entre nuestras fuerzas políticas.

En definitiva, las Constituciones siguen siendo bandera de intereses corporativos en el seno del Estado sin responder por y para el conjunto de los ciudadanos.

Feliz puente

sábado, 16 de noviembre de 2013

La perla del Lacio

Casi dos semanas después, en mi horizonte mental, aún se perfilan sus colinas. La Ciudad Eterna enamora desde el  primero de sus adoquines hasta el más recóndito de sus rincones. Y no es para menos. Siglos de historia han recorrido sus calles y plazas como testigos impávidos de tumultos políticos, manifestaciones artísticas y una riqueza cultural sin parangón que a nadie deja indiferente.

Son muchas las maravillas de las que se puede disfrutar. La puesta de sol sobre el foro público desde el Tabulario, el resonar de las voces y pisadas de los turistas en el interior del Panteón de Agripa o el intenso sabor del café capaz de ponerte la piel de gallina. Todo ello por un precio bastante asequible, salvo para los refrescos y el agua, mucho cuidado.

Pero si hay algo presente en cada una de sus esquinas es la religión y, en especial, la cristiana. Podemos ser más, menos o nada creyentes pero es indudable admitir que la huella de los papas como mecenas de las artes e impulsores de genios desconocidos, convertidos en insignes maestros, fue descomunal. Cualquiera de las múltiples iglesias que se pueden visitar son un cúmulo de sensaciones y contrastes: de la sobriedad de sus fachadas a la suntuosidad y riqueza interior de sus frescos y capillas; sin olvidar la armonía arquitectónica de todo su conjunto.

Percibir tal cantidad de tesoros en piedra y oleo en tan poco espacio nos recuerda un elemento esencial. Roma fue, ha sido y es epicentro casi indefinido de poder político y espiritual durante más de dos mil años y eso se nota. Si las mencionadas iglesias quedan vinculadas a una auténtica miríada de órdenes religiosas, los restos de la Roma imperial atestiguan el asentamiento de una tupida red político-administrativa de dominio que alcanzó, en su máxima expansión, desde la actual Palestina hasta la península Ibérica y desde el cauce del Danubio hasta los territorios septentrionales de África, con Egipto como gigantesco "granero" del imperio.

En la actualidad el núcleo de la capital italiana rezuma dinamismo. Son muchos los que me mencionaron que uno de los recuerdos inevitables que traería conmigo de vuelta sería la suciedad y la dejadez. Sin embargo no hay más que pasearse por la vía del Corso o Condotti para comprobar como las firmas de moda más reputadas se agolpan, a modo de lujosas embajadas, a la espera de visitantes de gustos refinados y caros, muy caros. No es difícil ver grupos de turistas boquiabiertos frente a los escaparates observando las prendas y accesorios de hasta cuatro cifras de valor, prendados de un hedonismo efímero inalcanzable para sus bolsillos.
 
También tuve la oportunidad de recorrer el Trastevere durante una noche. El barrio bohemio de la capital resultó apasionante, pues a pesar de que no alberga la densidad de vestigios del casco antiguo, posee una esencia particular que resulta recomendable experimentar.

No hay que olvidar la Ciudad del Vaticano. Es posiblemente la zona que mayor desencanto me causó porque, para tratarse del corazón de la Cristiandad, no parece un lugar de acogida para los cristianos, sino un colosal y frío monumento a los pontífices de la Iglesia Católica que provoca rechazo y antipatía. Es obligada la visita a los Museos Vaticanos, que dan cabida a auténticas joyas artísticas; y a la capilla Sixtina, como plato fuerte. Pero la Basílica y la Necrópolis disfrazan los grandes engaños de una religión, que como tantas otras, parece necesitar de ídolos y mártires de pies de barro con los que trasmitir la fe de un Dios creado a imagen y semejanza del ser humano.

En fin, pase lo que pase Roma siempre parecerá ser capaz de detener el tiempo. Quizás por ello ostenta el calificativo de "eterna" aunando pasado, presente y, por qué no, futuro. Y yo espero vivir lo suficiente para regresar y perderme entre sus calles, arrojar más monedas a la Fontana de Trevi, ante la mirada inmortal del dios Océano, y empacharme con sus delicias culinarias.


Ciao ragazzos

domingo, 6 de octubre de 2013

Veteranos

Pocas horas atrás regresaba a casa entre los abrazos de la madrugada. Ni siquiera recordaba lo que era una noche épica, de las de antes, de las que ya no abundan. La calidez de las conversaciones interesantes, la atmosfera cargada de nicotina y el trasiego de botellas de vino refinado entre los comensales ya presagiaban una buena salida.

Comenzamos entre una degustación de setas, tomates y embutidos. Como si de un homenaje a nuestra tierra se tratara, el chef puso el broche de oro a la creatividad de cada uno de sus platos y nos elogio con una brillante clase magistral sobre las variedades y el cuidado de los productos que había aderezado. Aún quedan lugares de arraigada tradición culinaria con los que las grandes empresas de comida basura no han podido, a pesar de subsistir con un hálito suave y débil pero decidido.

Proseguimos nuestra particular celebración por la solitaria vida nocturna. Aunque no por mucho tiempo, pues por delante quedaba la sorpresa de un ambiente cambiante asaltado por una muchedumbre más que sedienta. Y así, lingotazo tras lingotazo, continuo el homenaje a los veinticinco, con ganas de dar mucha guerra y de lucir las cicatrices de la experiencia bajo las rutilantes ráfagas de la luna junto con mis egregios acompañantes vitales. No es la emoción, sólo el peso de los años y la majestuosidad que desprende la veteranía.

Imagen: Nighthawks, de Edward Hopper 

miércoles, 2 de octubre de 2013

Poder, Secreto y seducción

Hace poco más de un año tuve la oportunidad de investigar sobre un tema que me apasionó. A lo largo de la historia el poder se ha configurado como uno de los rasgos más codiciados por la naturaleza humana, bien por la atracción que desprende bien por su especial erotismo. Estudios psicológicos han hecho hincapié, por ejemplo, en la progresiva alteración que exhibe la conducta de los mandatarios en el desempeño de sus cargos.

Más allá de esta dimensión afrodisiaca y estereotipada existen casos de particular interés. Uno de ellos es el presente en el campo de la Diplomacia y las Relaciones Internacionales durante el reinado de Felipe II, en la segunda mitad del siglo XVI. Este príncipe cristiano que asentó su corte en Madrid hacia 1561 gobernó, con puño de hierro y guante de seda, un territorio comprendido entre las islas Filipinas y la actual Italia, con un total aproximado de cuarenta millones de súbditos.

Esta vasta extensión acogió en su seno un mosaico de reinos que, como patrimonio real y bajo la unidad de la conocida como Monarquía Universal Católica, marcó la política internacional y europea durante las siguientes décadas. Desde la corte madrileña el soberano ocupó una posición preeminente, como centro de una poderosa maquinaria burocrática de consejos y juntas que proyectó una colosal administración en el territorio.

En paralelo a este edificio administrativo interno existió otro externo. La administración exterior, instituida para el mantenimiento de relaciones con otros príncipes de la Cristiandad, desplegó un andamiaje de representación más allá de las fronteras de la Monarquía que situó a embajadores y secretarios de embajada como cabezas de fila. Estos pronto se consolidaron como ariete y alter ego de la voluntad real en tierras extranjeras, aportando un matiz de universalidad al poder de su representado.

Como vemos la estructura externa e interna se movió dentro de un marco tangible de poder. Fue en este entorno donde los tratadistas políticos empezaron a hacer alusiones a términos como el Secreto o acuñar términos como Razón de Estado; este último lo dejaremos para otra ocasión. El Secreto fue el oficio de espionaje o lo que actualmente está ligado al trabajo desempeñado por los servicios secretos de nuestros Estados de Derecho, salvando las distancias.

Si embajadores y secretarios fueron adalides de la acción exterior, debemos detenernos especialmente en estos últimos. Su extensa permanencia en el cargo y sus amplias atribuciones los colocaron al frente de una tercera estructura de poder no tangible. Los secretarios se encargaron de crear, financiar y ampliar redes de espionaje por todo el continente desde la corte más suntuosa hasta el más sucio de los callejones, siempre y cuando existiera información valiosa.

Así las cosas dichas redes estuvieron engrosadas por agentes, enlaces y confidentes. Todos ellos coordinados por los secretarios desde las embajadas, mientras estos lo fueron a su vez por el Secretario Real, mano derecha del rey y auténtico cerebro gris de este tupido tejido. Sus funciones: recabar información para anticiparse a los movimientos de sus oponentes, conocer sus puntos débiles, golpear con contundencia y determinación en los momentos precisos, así como descabezar o desmantelar cualquier hostilidad que se fraguara en el seno de la organización real.

Pero en ningún caso debemos pensar que todos ellos se plegaron a una rígida disciplina, puesto que el mantenimiento de sus actuaciones derivó en elevados costes y sacrificios para la hacienda real; tampoco debemos pensar que, a pesar de estas sumas, mantuvieron su lealtad, ya que estaban a la expectativa de percibir sumas más apetitosas de otros oponentes.

¿Qué tiene que ver toda esta radiografía del poder filipino con la seducción? Sencillo. Como se ha venido avanzando las cortes europeas fueron durante la segunda mitad del siglo XVI auténticos epicentros de autoridad, desde donde las facciones pugnaron por ocupar las altas instancias del organigrama de autoridad. En este contexto cuando un nuevo embajador llegaba a la corte debía tener en sus manos un amplio y detallado informe sobre las facciones nobiliarias, los personajes más ilustres y los agentes sobre el terreno. Con ello el cumplimiento de la voluntad de su rey resultó más fácil de abordar.

Su campo de acción no se limitó al concurrido ambiente cortesano puesto que los embajadores solicitaban audiencias privadas con el soberano extranjero. De esta manera los designios de amplias entidades de poder quedaban en manos de una conversación entre dos personas en las que mucho tuvo que ver la seducción, al menos la política. El objetivo de cada una de las partes era obtener de su interlocutor el mayor número de concesiones o prebendas, ya que si el embajador había recibido información previa sobre el comportamiento, las preferencias y preocupaciones del príncipe su labor resultaba más eficiente. Al contar con este conocimiento hostigar al soberano era más sencillo, pues se le decía lo que quería oír y se le agasajaba con toda suerte de cumplidos.

Este forma de proceder constituyó, a mi modo de ver, un auténtico medio de seducción. Aunque con un matiz más político que sentimental, guiado este último por la espontaneidad y por la conquista de la persona en sí misma, sin llegar a percibir sus intereses igualmente. La situación hipotética sería la siguiente: imaginad una estancia empedrada y decorada con ricos tapices en la que dos personas, de gran autoridad, se desnudan dialécticamente para rebajarse o defender hasta el sinsentido argumentos inefables; o al contrario.

Llegados a este punto en mi pensamiento empezaron a aflorar ciertas conjeturas. Cuando trabajas dentro de unos márgenes analíticos a una alta intensidad y en un periodo de tiempo reducido resulta complicado atender todos aquellos detalles que no terminan de encajar. De este modo, después de finalizar la investigación, advertí como en este mundo de hombres existieron excepciones en las que las mujeres tomaron partido a la hora de decidir sobre los designios políticos de sus reinos.

Dado que nunca pudieron acceder a la condición de embajadoras, sí lo hicieron como reinas. Así ocurrió en la Francia de Catalina de Medicis o en la Inglaterra de Isabel I; en estos casos resulta interesante la correspondencia que mantuvieron los embajadores filipinos con su rey en referencia a las audiencias con las soberanas. La tensión, desesperación y agotamiento se repitieron en las misivas, puesto que las negociaciones con ellas resultaron siempre una pérdida de tiempo o una seducción imposible.

Este último año he intentado resolver este pequeño detalle y es posible que haya dado con la solución. Después de acudir a libros de psicología sobre lenguaje gestual y corporal, así como de mecanismos naturales de manipulación, parece más comprensible. Resulta que nuestro lenguaje se puede analizar siguiendo unas pautas matemáticas: cuando hablamos o escuchamos desplegamos inconscientemente toda una coreografía gestual que refuerza nuestras palabras o silencios, constituyendo estos gestos entre el 80 o 90% de nuestra comunicación. El resto queda a merced de las palabras, por lo que una descoordinación entre gestos y palabras puede proyectar en el otro interlocutor inseguridad, mentira o locura.

Pero aquí no termina la genialidad del asunto. Resulta que la mente femenina muestra una capacidad muy superior a la masculina en el análisis gestual por razones de instinto; esta ventaja es de diez sobre uno. Al ser consciente de que, por ejemplo, la posición de las extremidades, el tono de voz, la cadencia de parpadeo, la elevación de las cejas u otras tantas formas gestuales determinan más de lo que pensamos nuestras palabras, la desesperación protagonizada por los embajadores parece más comprensible; quedando completamente desarmados por la artificialidad y el intento de agrado de sus propios gestos.

Los resultados son realmente curiosos. He llegado a la conclusión de que la presión, que ya de por sí acompañó a los representantes reales en otros territorios -por la climatología, el idioma o la cultura- erosionó su comportamiento a la hora de dialogar con los diferentes príncipes extranjeros. Pero en el caso de Francia e Inglaterra las negociaciones siempre repiten un patrón de máxima tensión, tal y como atestiguan las constantes solicitudes de destitución por los propios embajadores, así como por el envío de misivas de las soberanas al rey recalcando ese cese; invitándole al relevo por otro representante más válido. Aunque hubo otras tantas misiones que atesoraron enconados enfrentamientos, como pudieron ser los de la Santa Sede con sus díscolos pontífices, ninguno de ellos posee la sutileza de los casos excepcionales referidos.

Para mí no es una novedad comprobar que, aunque nos vistamos, socialicemos y progresemos los seres humanos seguimos poseyendo una esencia instintiva o animal que no nos abandona y que, más allá de cualquier separación o desigualdad entre sexos, nos complementa. Creo que este es uno de estos casos. Y lo que me pregunto es: ¿Qué hubiera ocurrido si las mujeres hubieran tenido un mayor peso en la representación exterior? ¿El cariz de las negociaciones hubiera sido diferente? ¿Y el devenir de los acontecimientos? Nunca lo sabremos.

Imágenes:
Felipe II recibiendo embajadores en el Escorial
Los embajadores, pintura de Hans Holbein el Joven
Catalina de Medicis a las puertas del Louvre
Isabel I de Inglaterra en procesión