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miércoles, 24 de septiembre de 2014

Días de verano

Ya ha comenzado el verano. Ha entrado entre titubeos: sin calor agobiante, con algunas tormentas y un continuo baile de grados. El sonido melódico de los pájaros entonando sus siringes marca el principio de cada nueva jornada, que muere con el silencio de estos particulares anfitriones. Un pequeño detalle que pasa completamente inadvertido para alguien de la capital que ha elegido el retiro rural para entregarse al conocimiento de la ciencia jurídica. Un torpe urbanita que poco a poco busca aclimatarse a este mundo desistiendo, impotente, en su intento.

No es atrevido catalogar los tiempos que corren como revolucionarios. Nuestras vidas cada vez resultan más "fáciles" gracias al compendio de innovaciones tecnológicas que vamos asimilando día tras día. La posibilidad de comunicarnos ininterrumpidamente ha desdibujado los márgenes de la intimidad del ser humano para proporcionarle un cariz renovado, un soplo de aire fresco junto al elemento que mejor nos define, la sociabilidad.

Renunciar parcialmente a estos ingenios tecnológicos siempre da que pensar. Y más en este entorno campestre en el que el siglo XXI parece postergarse. Para empezar el tiempo se dilata y el día cunde hasta extremos difíciles de imaginar; el mundo hace ademán de detenerse ante la ausencia de información instantánea, dejando una sensación de angustia, primero, y de libertad, después; las contadas conexiones con el mundo exterior acaban por resultar extrañas e, incluso llamativas. Con todo, es inevitable caer en la cuenta, después de algunos días en medio de la nada, de las posibilidades que nos brinda nuestra mente y como ésta acaba por atrofiarse entre estos "prometedores avances". ¿A dónde quiero llegar?

Concretamente al Antiguo Egipto. Desplegadas en ordenadas hileras las bancadas se suceden simultáneamente en el inconfundible espacio diáfano del aula de una facultad. Las caras de los alumnos escrutan con atención un punto de la estancia. Del frontal de la pizarra, surcada por palabras lanzadas y vertiginosas perfiladas en tiza, -signo inconfundible de la mente brillante de su autor-, cuelga un mapa de la cuenca Mediterránea rematado por un título en alemán y con el río Nilo en primer término, flanqueado por una amplia diversidad de símbolos y nombres inapreciables desde el pupitre. A su vera un individuo de imponente estatura acciona con precisión y mesura sus brazos, sincronizándolos con cada expresión de su rostro y palabra que articula su poderosa mandíbula.

Hay personas que marcan inevitablemente tu existencia, aquella era una de ellas. Como apasionado y experto en religiones ancestrales pérdidas en la noche de los tiempos el profesor nos planteó una de sus enriquecedoras reflexiones: "Imaginen verse desprovistos de todos esos artefactos que han convertido en imprescindibles dentro de su rutina. Ahora levántense de sus sitios, abandonen el aula, tomen asiento en alguna duna remota del Egipto de los faraones y oteen la infinidad del horizonte; mediten sobre lo que perciben a través de sus sentidos. El viento dibujando formas caprichosas en la arena y acariciando las crestas de los innumerables montículos, algún rastro marchito de vegetación, ejemplares faunísticos vagando sin rumbo o caravanas de mercaderes avanzando a un ritmo soporífero."

A estas alturas la expresión hipnótica de los pupilos sólo podía presagiar un espectacular final. "Sé lo que están pensando y sí, puede haber alguna forma de vida capaz de soportar esas condiciones tan adversas ¿Pero cómo podrían explicar, desde su perspectiva de espectadores privilegiados, la sensación que les causa observar el errático movimiento de las aves sobre el cielo o de otros animales en tierra? ¿Cuál es su papel en la inmensidad de esa desolada y silenciosa estampa?" Todos esperaban expectantes la respuesta a una pregunta sobre la que nadie iba a postularse, en medio de una pausa interminable.

"Aquellas formas de vida eran la manifestación más certera de la divinidad. Si no me creen levántense y caminen con decisión hacia la pirámide o necrópolis más cercana, penetren en su interior antorcha en mano y contemplen los relieves de las cámaras funerarias. Ahí están. Todos esos animales representados en una posición jerárquica preeminente, fundidos con formas antropomorfas y gesticulando para la posteridad sobre filas de individuos sumisos en disposición de alguna acción reiterativa, laboral o de adoración, dirigidas a sus deidades." La clase al completo no salía de su asombro.

"La observación de la naturaleza más inmediata proporcionó a la sociedad egipcia unas deidades ligadas a cada una de la zonas del Nilo, en representación de sus matices culturales, vitales o del más allá ¿Son ahora conscientes de como nuestro progreso nos ha llevado a dominar ese entorno salvaje y, por ende, acabar con la esencia de misterio e infinidad con el que era percibido por nuestros antepasados? ¿Entienden hasta qué punto la tecnología ha alterado nuestras aptitudes naturales de observación y reflexión para delegarlas en aparatos diminutos que acaban con toda posibilidad de ingenio? Sí algún día dominamos el cielo y otros planetas ¿la dimensión celestial en la que situamos a nuestro dios cambiará y ellos desaparecerán con ella? Créanme, las religiones no son más que la proyección de nuestros temores más ocultos, la adoración de lo inexplicable y misterioso; el límite entre lo conocido y lo que está por conocer, entre la ciencia y la fe. Salgan a la calle y, si lo necesitan, busquen a sus dioses: al músico de la esquina, al kiosquero, al taxista o al perro-guía del vendedor de cupones. Pero si eligen el otro camino, el de la duda, la asimilación, el conocimiento, la cuidada reflexión; no habrá dios que colme sus temores porque el que conoce no teme y el que no teme nunca se detiene." La clase prorrumpió en un sonoro aplauso mientras el profesor asentía entusiasmado en señal de profundo agradecimiento.

Ya hace un rato que el sonido melódico de los pájaros se ha apagado. Sonrío recordando aquellas lecciones magistrales que hoy forman parte de mis gratos recuerdos y de la experiencia. Con una cantidad considerable de vino en el cuerpo, después de varios asaltos a los toneles de la bodega, despacho estás últimas líneas. Otra agotadora jornada rural termina para mí. 

martes, 18 de febrero de 2014

La locomotora

Viajar es maravilloso. Estudios psicológicos han señalado que cuando la mente se expone a realidades culturales diferentes a las cotidianas se activan los mismos circuitos neuronales que los presentes en los años de la infancia. Más allá de lo fisiológico, y desde lo personal, creo que el pensamiento gana en tolerancia, se libera de prejuicios y afila su raciocinio. En cualquier estación o aeropuerto el tiempo parece detenerse, las historias se entrecruzan y el ajetreo de maletas y transeúntes trasmite una sensación de caos efímero muy reconfortante.


Esta vez he repetido país de destino. En un par de semanas hará un año que conocí Berlín y disfrute de una de las capitales europeas más cosmopolitas y sorprendentes. Ahora mis pasos me han llevado a casa de un viejo amigo en el extremo más occidental de Alemania; para ser más precisos al pueblo de Düren, en pleno corazón de Renania-Westfalia. Hace unos diez días que aterricé en Colonia bajo un manto de frío y lluvia con las migrañas habituales de la época de exámenes.

Había llegado a la tierra de las oportunidades. La estampa no podía ser más gris: cielo encapotado, ambiente gélido y temperamento distante hacia los foráneos; esta tónica se mantendría a lo largo de mi aventura con contadas excepciones. El paraíso de Europa rezuma una moralidad hueca, de doble rasero, entre lo que se ve desde fuera y lo que se percibe en el interior de sus entrañas. Es innegable que la economía alemana atraviesa un momento colosal, una “locomotora” pilotada con mano de hierro por una de las mujeres más influyentes del mundo. Pero ¿a qué precio?

Considero que generalizar implica infravalorar muchos de los elementos que sentenciamos con facilidad en un solo juicio. Sin embargo, he podido percibir un rechazo visceral a los inmigrantes -en especial a los del arco mediterráneo- que, por su falta de coherencia, invita a retrotraerse a épocas oscuras de odio y sinrazón. No se manifiesta abiertamente y no es extrapolable a todo ciudadano pero, a nivel general, se intuye una actitud refugiada en esa burda superioridad “nacional” que tantos errores llevó a cometer en el pasado.

Estos claroscuros no eclipsan los tesoros artísticos y patrimoniales con los que cuenta esta zona. A pesar de la dureza de los bombardeos aliados durante la Segunda Guerra Mundial se pueden admirar las inmensas colecciones de vidrio romano, testigos mudos del floreciente comercio romano en la zona de Colonia; la catedral gótica, con una interminable lista de calificativos para ensalzar su majestuosidad; o los restos del palacio de Carlomagno, con la capilla palatina de Aquisgrán como deslumbrante joya arquitectónica que, durante siglos, acogió las ceremonias de coronación de los emperadores del Sacro Imperio Germánico, reminiscencia fundamental del antiguo esplendor imperial romano.

¿Y qué decir de la cerveza y el chocolate? Si en los próximos meses el dentista me dice que tengo caries no me resultará extraño. No recuerdo haber comido tanto chocolate, chucherías y cerveza a un precio tan asequible. Los variados tipos de Kölsch y la Veltins a un euro el litro han sido un manjar habitual a lo largo de estas vacaciones, mientras la cercanía de las fábricas de Llindt y Haribo hace de los supermercados lugares con una amplia variedad de dulces que te devuelven a la infancia.

Por otra parte las bombas no fueron tan “agradecidas” con el pueblo de Düren. A diferencia de los combates callejeros de Aquisgrán, en este pueblo la destrucción fue casi del cien por cien y se convirtió en uno de los núcleos más bombardeados de toda Alemania. El objetivo clave fue el complejo industrial que suministraba calzado al ejército nazi, así como elementos de la uniformidad, aunque es evidente que también hubo un gran número de víctimas civiles. En diversos lugares del pueblo aún hoy se recuerda con monolitos el lugar desde donde se trasladaba por ferrocarril a los judíos a los campos de concentración o el antiguo emplazamiento de una sinagoga hoy inexistente.

Estas son mis impresiones sobre esta zona de Alemania. He notado claros contrastes con Berlín pero ya se sabe que las metrópolis o las capitales no recogen la identidad de todo el territorio que encabezan, sino que suelen condensar una pluralidad cultural que trasciende las fronteras del propio país. Espero poder regresar en los próximos meses.

Tschüss