Mostrando entradas con la etiqueta Poder. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Poder. Mostrar todas las entradas

lunes, 14 de abril de 2014

Devaneos del más allá

Creer en lo imposible es un pensamiento eterno. Desde siempre la mente humana ha sentido, y siente, la necesidad de entregarse a cuestiones indemostrables. Me refiero a la presencia de entes supremos, utopías u otras ilusiones con las que hacer frente a las inquietudes del día a día. Así la incansable búsqueda inconsciente de realidades intangibles cobra un atractivo inefable que perdura a lo largo de nuestro devenir.

He aquí el punto de partida de la argumentación. La angustia que puede crear esta clase de dogmas ilusorios impulsa, por instinto, a refugiarnos en la ostentación y el gusto por lo llamativo para dar una perspectiva física a esa realidad subjetiva o mental que nos inquieta. Ello conduce a la eterna paradoja del individuo: la creación de un pensamiento que está por encima de la realidad rodeado con tintes o caracteres propios de esa realidad de la que trata de alejarse.

Reflexionemos un momento sobre las posibilidades de esta idea. Los rasgos familiares implícitos en esa realidad lejana intervienen para atenuar la impaciencia por lo inexplicable y le aportan una empatía muy reveladora para el que sigue sus pasos. Es ese vínculo el que permite, a quienes son conscientes de él, de utilizarlo para convencer a otros de la importancia o valor que tiene seguir el dogma que propugnan. O lo que es lo mismo: los que comprenden la esencia de un ideal pueden utilizarlo para seducir a los que sienten la necesidad de creer en algo diciéndoles lo que quieren escuchar y, de este modo, lucrarse personalmente o dirigirlos según su propia voluntad.

Los ejemplos son interminables. Sectas de todo tipo, religiones, modelos políticos…Todos condensan la fuerza de lo invisible, todos desprenden esa fascinación por lo desconocido que apacigua las dudas existenciales de sus fieles seguidores. Sin duda la proyección de lo desgranado hasta el momento en las organizaciones, o estructuras fácticas que le dan objetividad, supone un triunfalismo aterrador que arroja luz sobre los instintos más nebulosos y bajos de nuestra especie. A pesar de que siempre nos ha acompañado a la hora de relacionarnos en otros ámbitos, más allá de la espontaneidad del ambiente social en el que nos movemos.

¿Qué ocurre cuando eres consciente de algo así? ¿En qué puedes creer cuando observas que el barniz religioso, político o económico que percibes con los ojos no es suficiente para camuflar esos matices de dominio, control y ambición a los que responde nuestra propia naturaleza? Mi pensamiento a día de hoy está huérfano por completo y sólo intenta comprender todo sin ser capaz de simpatizar con nada; prosigue su camino sin resignarse en la indagación de un ideal que permita saciar sus interminables dudas sobre la infinidad del entorno. 

sábado, 25 de enero de 2014

Jugando a sobrevivir

Mi abuelo falleció cuando yo tenía once años. De él conservo grandes recuerdos: su inagotable paciencia para aguantar mis perrerías; sus carcajadas mientras veía las vaquillas del Grand Prix arrollar a los mardanos rurales que participaban en tan ilustre concurso; pero sobre todo aquellas partidas de Monopoly.

Todos hemos sido alguna vez especuladores inmobiliarios gracias a él. Aunque lo mío era más invertir en plan agresivo, en plan “Pocero”, dada la costumbre de mi querido abuelo de ahorrar y ahorrar sin apenas comprar calles. El final ya os lo podéis imaginar, el nieto sonriendo satisfecho con el tablero lleno de edificios y montañas de billetes por enésima vez. Algo tan simple como un tablero de cartón, unos trozos de papel y unas fichas de metal y plástico podía convertirse en un disfrute de horas.

Pero más llamativo resulta pensar en la inocencia de aquel pasatiempo. Es difícil imaginar que, merced a este juego, decenas de miles de personas consiguieran salvar la vida en una de las mayores catástrofes vivenciadas por la Humanidad, la Segunda Guerra Mundial. A pesar del mortífero número de víctimas, unos pocos volvieron a nacer gracias a ese ingenio que suele anidar en las mentes de algunos individuos en tiempos de necesidad y sinrazón.  

Empecemos por el principio. En 1939 veía la luz el MI9, sección que pasaría a encuadrarse en el Servicio Secreto británico y tuvo como misión respaldar y facilitar la liberación de soldados aliados apresados por los nazis. Con el tiempo uno de los oficiales destacados en ella, Clayton Hutton, había ido acumulando de su propia mano toda una colección de artilugios e ingenios orientados a tan ardua tarea: brújulas, sierras, cuchillos para cortar barrotes.

Y entre tanta genialidad no podía faltar una obra maestra. La de Hutton fue algo tan simple como un mapa pero con una característica muy especial; en su elaboración empleo un alto porcentaje de seda. No era la primera vez que este tejido resultaba decisivo: podríamos mencionar aquí el caso de las armaduras de los mongoles y su eficiente capacidad para absorber el impacto de los proyectiles, que catapultó a estos habitantes de las estepas a convertirse en el pueblo con más territorio conquistado en menos tiempo (desde Corea hasta el Danubio).

Pero volvamos al mapa de seda. La versatilidad del objeto consistió en su resistencia a las condiciones climatológicas adversas y a su enorme ductilidad, revelándose como el complemento perfecto a una huida bien fraguada. Llegados a este punto sólo quedaba un obstáculo por sortear y no era nada sencillo, la distribución.

Y lo cierto es que a estos Monopoly no les faltó de nada. Su tablero (con el mapa), sus billetes (mezclados con dinero real), las fichas (brújulas con el tamaño de un botón) y las tarjetas (con pasajes bíblicos para prisioneros "descarriados"). De este modo decenas de miles de soldados aliados (unos 35.000) lograron sobrevivir a la guerra.

Todo ello sin que la Cruz Roja tuviera el más mínimo conocimiento de su propia complicidad. Demostrando, una vez más, ese habilidoso ingenio abanderado por las mentes más preclaras del espionaje que tantos momentos determinantes protagonizaron en el conflicto. Como si de una partida de ajedrez en la sombra entre jugadores con los ojos vendados se tratara.

domingo, 5 de enero de 2014

Un deseo

Noche de Reyes, uno de los momentos más felices para los más pequeños. Un aluvión de cartas habrán sido escritas estos días con multitud de peticiones desde la más sincera ilusión, una ilusión que debería acompañarnos como bálsamo de nuestros pensamientos más agoreros sin entender de edad ni condición.

Pues bien yo también me he decidido a escribir una carta. Y todo ello porque albergo esperanzas de que, algo tan preciado como el legado de nuestro pasado, no sufra el castigo del individualismo que parece extenderse en esta sociedad "hipertecnologizada". Mi petición va dirigida al Justicia, una de las instituciones que admiro o, al menos, me parece loable por su recorrido durante parte de la Modernidad; muy a mi pesar de que sólo conserve, a día de hoy, su nombre.

En este sentido quiero dejar constancia aquí de la existencia de esta "queja". Acabo de enviarla hace tan solo unos minutos y espero que llegue a buen puerto. Paso a transcribir su contenido:

Le escribo porque me siento profundamente enojado. Desde mi condición de licenciado en Historia y futuro graduado en Derecho me veo en la obligación moral de remitirle esta misiva. Hará ya un mes que leí en el Heraldo la noticia sobre el abandono de quince mil volúmenes legados por Martínez Tejero, con algunos de los cronistas y aragoneses más influyentes de los últimos siglos. Por lo que he podido entender se proyectó instituir una fundación dedicada a la catalogación y puesta a disposición de los investigadores de esta rica colección, así como darla a conocer a través de una serie de medios de difusión. Sin embargo nada se ha hecho y no se dan explicaciones de por qué, sólo que los 30000 euros con los que se iba a sufragar el proyecto retornaran a las arcas del Gobierno de Aragón si la situación persiste. Que será lo más probable.

No es una actitud que resulte extraña en los tiempos que corren. Con estos comportamientos Administración y clase política consiguen acrecentar día tras día el descrédito de las instituciones de este país y verificar la inacción e incompetencia de sus "ocupantes". Todo ello me lleva a cuestionarme si por una vez no podríamos hacer una excepción. Aparcar los intereses corporativos de los partidos políticos y sus subalternos para representar las inquietudes y preocupaciones de los ciudadanos y, lo que es más importante, defender algo que no represente lucro o codicia personal. Sería todo un ejercicio de democracia ¿no le parece?

Con este panorama le exhorto, ya no de ciudadano a Justicia, sino de aragonés a aragonés a que tome cartas en el asunto. Y no por capricho particular, más bien por respeto a nuestra cultura. Pero sobre todo por el mero reconocimiento de todos aquellos aragoneses que nos brindaron las vivencias y pensamientos de su tiempo para que, en el futuro, puedan ser objeto de estudio y divulgación por y para aquellos que sepan apreciarlo de buen grado.

¿Imagina las posibilidades? Yo sí, pero mis esperanzas se reducen a que esta carta se convierta en papel mojado y acabe tan huérfana como el legado que trata de rescatar. No obstante no descarto enviar otra a la Sra. Presidenta y a la Consejera de Educación; a lo mejor insistiendo y con esa tozudez tan baturra que nos caracteriza conseguimos algo. Quién sabe.

Felices Reyes

viernes, 6 de diciembre de 2013

Desidia constitucional


Empiezo a escribir estas líneas a vuela pluma. Actualmente nos encontramos en el siglo XXI, nuestros Estados han avanzado lo suficiente para reconocer y garantizar los derechos de sus concicudadanos bajo el resguardo de un barniz jurídico, esto es, el Estado de Derecho. La manifestación más importante y acabada del largo proceso que comenzó hace un par de siglos, con la Revolución Francesa, han sido y son las Constituciones, auténticos ejes rectores de todo el engranaje institucional estatal.


La nuestra, la española, está de celebración. Como es natural muchas cosas han cambiado, los constituyentes y arquitectos de la realidad política, jurídica y social en la que estamos inmersos quizás no previeron las consecuencias de la misma. Lo cierto es que después de estas décadas los partidos políticos han hecho de este texto, y de su planteamiento vertebrador del Estado, una especie de cuerpo al que yuxtaponer su propia infraestructura orgánica de poder con el fin de preservar sus intereses particulares y esquivar con sutileza, o ni siquiera eso, muchos de los preceptos esenciales de la misma.

La Constitución del consenso se ha convertido en la legitimadora de la clase política y en el papel higiénico de los nacionalismos periféricos. Una flor marchita vapuleada por el Alto Tribunal que tenía que servir de escudo contra las injerencias de los poderes del Estado y de sus empresas privadas. Hoy, conciudadanos, arrastramos la endogamia que nos ha caracterizado a lo largo de nuestra historia constitucional reciente pero con una apariencia renovada.

Y el fondo del problema viene siendo el de siempre: la carencia de un nacionalismo maduro y bien construido (no como ideología, sino como instrumento de ciudadanía); las pesadas cadenas de una abigarrada experiencia política; y el más lamentable, la necesidad de una ley educativa fruto de un pacto de Estado entre nuestras fuerzas políticas.

En definitiva, las Constituciones siguen siendo bandera de intereses corporativos en el seno del Estado sin responder por y para el conjunto de los ciudadanos.

Feliz puente

sábado, 16 de noviembre de 2013

La perla del Lacio

Casi dos semanas después, en mi horizonte mental, aún se perfilan sus colinas. La Ciudad Eterna enamora desde el  primero de sus adoquines hasta el más recóndito de sus rincones. Y no es para menos. Siglos de historia han recorrido sus calles y plazas como testigos impávidos de tumultos políticos, manifestaciones artísticas y una riqueza cultural sin parangón que a nadie deja indiferente.

Son muchas las maravillas de las que se puede disfrutar. La puesta de sol sobre el foro público desde el Tabulario, el resonar de las voces y pisadas de los turistas en el interior del Panteón de Agripa o el intenso sabor del café capaz de ponerte la piel de gallina. Todo ello por un precio bastante asequible, salvo para los refrescos y el agua, mucho cuidado.

Pero si hay algo presente en cada una de sus esquinas es la religión y, en especial, la cristiana. Podemos ser más, menos o nada creyentes pero es indudable admitir que la huella de los papas como mecenas de las artes e impulsores de genios desconocidos, convertidos en insignes maestros, fue descomunal. Cualquiera de las múltiples iglesias que se pueden visitar son un cúmulo de sensaciones y contrastes: de la sobriedad de sus fachadas a la suntuosidad y riqueza interior de sus frescos y capillas; sin olvidar la armonía arquitectónica de todo su conjunto.

Percibir tal cantidad de tesoros en piedra y oleo en tan poco espacio nos recuerda un elemento esencial. Roma fue, ha sido y es epicentro casi indefinido de poder político y espiritual durante más de dos mil años y eso se nota. Si las mencionadas iglesias quedan vinculadas a una auténtica miríada de órdenes religiosas, los restos de la Roma imperial atestiguan el asentamiento de una tupida red político-administrativa de dominio que alcanzó, en su máxima expansión, desde la actual Palestina hasta la península Ibérica y desde el cauce del Danubio hasta los territorios septentrionales de África, con Egipto como gigantesco "granero" del imperio.

En la actualidad el núcleo de la capital italiana rezuma dinamismo. Son muchos los que me mencionaron que uno de los recuerdos inevitables que traería conmigo de vuelta sería la suciedad y la dejadez. Sin embargo no hay más que pasearse por la vía del Corso o Condotti para comprobar como las firmas de moda más reputadas se agolpan, a modo de lujosas embajadas, a la espera de visitantes de gustos refinados y caros, muy caros. No es difícil ver grupos de turistas boquiabiertos frente a los escaparates observando las prendas y accesorios de hasta cuatro cifras de valor, prendados de un hedonismo efímero inalcanzable para sus bolsillos.
 
También tuve la oportunidad de recorrer el Trastevere durante una noche. El barrio bohemio de la capital resultó apasionante, pues a pesar de que no alberga la densidad de vestigios del casco antiguo, posee una esencia particular que resulta recomendable experimentar.

No hay que olvidar la Ciudad del Vaticano. Es posiblemente la zona que mayor desencanto me causó porque, para tratarse del corazón de la Cristiandad, no parece un lugar de acogida para los cristianos, sino un colosal y frío monumento a los pontífices de la Iglesia Católica que provoca rechazo y antipatía. Es obligada la visita a los Museos Vaticanos, que dan cabida a auténticas joyas artísticas; y a la capilla Sixtina, como plato fuerte. Pero la Basílica y la Necrópolis disfrazan los grandes engaños de una religión, que como tantas otras, parece necesitar de ídolos y mártires de pies de barro con los que trasmitir la fe de un Dios creado a imagen y semejanza del ser humano.

En fin, pase lo que pase Roma siempre parecerá ser capaz de detener el tiempo. Quizás por ello ostenta el calificativo de "eterna" aunando pasado, presente y, por qué no, futuro. Y yo espero vivir lo suficiente para regresar y perderme entre sus calles, arrojar más monedas a la Fontana de Trevi, ante la mirada inmortal del dios Océano, y empacharme con sus delicias culinarias.


Ciao ragazzos

miércoles, 2 de octubre de 2013

Poder, Secreto y seducción

Hace poco más de un año tuve la oportunidad de investigar sobre un tema que me apasionó. A lo largo de la historia el poder se ha configurado como uno de los rasgos más codiciados por la naturaleza humana, bien por la atracción que desprende bien por su especial erotismo. Estudios psicológicos han hecho hincapié, por ejemplo, en la progresiva alteración que exhibe la conducta de los mandatarios en el desempeño de sus cargos.

Más allá de esta dimensión afrodisiaca y estereotipada existen casos de particular interés. Uno de ellos es el presente en el campo de la Diplomacia y las Relaciones Internacionales durante el reinado de Felipe II, en la segunda mitad del siglo XVI. Este príncipe cristiano que asentó su corte en Madrid hacia 1561 gobernó, con puño de hierro y guante de seda, un territorio comprendido entre las islas Filipinas y la actual Italia, con un total aproximado de cuarenta millones de súbditos.

Esta vasta extensión acogió en su seno un mosaico de reinos que, como patrimonio real y bajo la unidad de la conocida como Monarquía Universal Católica, marcó la política internacional y europea durante las siguientes décadas. Desde la corte madrileña el soberano ocupó una posición preeminente, como centro de una poderosa maquinaria burocrática de consejos y juntas que proyectó una colosal administración en el territorio.

En paralelo a este edificio administrativo interno existió otro externo. La administración exterior, instituida para el mantenimiento de relaciones con otros príncipes de la Cristiandad, desplegó un andamiaje de representación más allá de las fronteras de la Monarquía que situó a embajadores y secretarios de embajada como cabezas de fila. Estos pronto se consolidaron como ariete y alter ego de la voluntad real en tierras extranjeras, aportando un matiz de universalidad al poder de su representado.

Como vemos la estructura externa e interna se movió dentro de un marco tangible de poder. Fue en este entorno donde los tratadistas políticos empezaron a hacer alusiones a términos como el Secreto o acuñar términos como Razón de Estado; este último lo dejaremos para otra ocasión. El Secreto fue el oficio de espionaje o lo que actualmente está ligado al trabajo desempeñado por los servicios secretos de nuestros Estados de Derecho, salvando las distancias.

Si embajadores y secretarios fueron adalides de la acción exterior, debemos detenernos especialmente en estos últimos. Su extensa permanencia en el cargo y sus amplias atribuciones los colocaron al frente de una tercera estructura de poder no tangible. Los secretarios se encargaron de crear, financiar y ampliar redes de espionaje por todo el continente desde la corte más suntuosa hasta el más sucio de los callejones, siempre y cuando existiera información valiosa.

Así las cosas dichas redes estuvieron engrosadas por agentes, enlaces y confidentes. Todos ellos coordinados por los secretarios desde las embajadas, mientras estos lo fueron a su vez por el Secretario Real, mano derecha del rey y auténtico cerebro gris de este tupido tejido. Sus funciones: recabar información para anticiparse a los movimientos de sus oponentes, conocer sus puntos débiles, golpear con contundencia y determinación en los momentos precisos, así como descabezar o desmantelar cualquier hostilidad que se fraguara en el seno de la organización real.

Pero en ningún caso debemos pensar que todos ellos se plegaron a una rígida disciplina, puesto que el mantenimiento de sus actuaciones derivó en elevados costes y sacrificios para la hacienda real; tampoco debemos pensar que, a pesar de estas sumas, mantuvieron su lealtad, ya que estaban a la expectativa de percibir sumas más apetitosas de otros oponentes.

¿Qué tiene que ver toda esta radiografía del poder filipino con la seducción? Sencillo. Como se ha venido avanzando las cortes europeas fueron durante la segunda mitad del siglo XVI auténticos epicentros de autoridad, desde donde las facciones pugnaron por ocupar las altas instancias del organigrama de autoridad. En este contexto cuando un nuevo embajador llegaba a la corte debía tener en sus manos un amplio y detallado informe sobre las facciones nobiliarias, los personajes más ilustres y los agentes sobre el terreno. Con ello el cumplimiento de la voluntad de su rey resultó más fácil de abordar.

Su campo de acción no se limitó al concurrido ambiente cortesano puesto que los embajadores solicitaban audiencias privadas con el soberano extranjero. De esta manera los designios de amplias entidades de poder quedaban en manos de una conversación entre dos personas en las que mucho tuvo que ver la seducción, al menos la política. El objetivo de cada una de las partes era obtener de su interlocutor el mayor número de concesiones o prebendas, ya que si el embajador había recibido información previa sobre el comportamiento, las preferencias y preocupaciones del príncipe su labor resultaba más eficiente. Al contar con este conocimiento hostigar al soberano era más sencillo, pues se le decía lo que quería oír y se le agasajaba con toda suerte de cumplidos.

Este forma de proceder constituyó, a mi modo de ver, un auténtico medio de seducción. Aunque con un matiz más político que sentimental, guiado este último por la espontaneidad y por la conquista de la persona en sí misma, sin llegar a percibir sus intereses igualmente. La situación hipotética sería la siguiente: imaginad una estancia empedrada y decorada con ricos tapices en la que dos personas, de gran autoridad, se desnudan dialécticamente para rebajarse o defender hasta el sinsentido argumentos inefables; o al contrario.

Llegados a este punto en mi pensamiento empezaron a aflorar ciertas conjeturas. Cuando trabajas dentro de unos márgenes analíticos a una alta intensidad y en un periodo de tiempo reducido resulta complicado atender todos aquellos detalles que no terminan de encajar. De este modo, después de finalizar la investigación, advertí como en este mundo de hombres existieron excepciones en las que las mujeres tomaron partido a la hora de decidir sobre los designios políticos de sus reinos.

Dado que nunca pudieron acceder a la condición de embajadoras, sí lo hicieron como reinas. Así ocurrió en la Francia de Catalina de Medicis o en la Inglaterra de Isabel I; en estos casos resulta interesante la correspondencia que mantuvieron los embajadores filipinos con su rey en referencia a las audiencias con las soberanas. La tensión, desesperación y agotamiento se repitieron en las misivas, puesto que las negociaciones con ellas resultaron siempre una pérdida de tiempo o una seducción imposible.

Este último año he intentado resolver este pequeño detalle y es posible que haya dado con la solución. Después de acudir a libros de psicología sobre lenguaje gestual y corporal, así como de mecanismos naturales de manipulación, parece más comprensible. Resulta que nuestro lenguaje se puede analizar siguiendo unas pautas matemáticas: cuando hablamos o escuchamos desplegamos inconscientemente toda una coreografía gestual que refuerza nuestras palabras o silencios, constituyendo estos gestos entre el 80 o 90% de nuestra comunicación. El resto queda a merced de las palabras, por lo que una descoordinación entre gestos y palabras puede proyectar en el otro interlocutor inseguridad, mentira o locura.

Pero aquí no termina la genialidad del asunto. Resulta que la mente femenina muestra una capacidad muy superior a la masculina en el análisis gestual por razones de instinto; esta ventaja es de diez sobre uno. Al ser consciente de que, por ejemplo, la posición de las extremidades, el tono de voz, la cadencia de parpadeo, la elevación de las cejas u otras tantas formas gestuales determinan más de lo que pensamos nuestras palabras, la desesperación protagonizada por los embajadores parece más comprensible; quedando completamente desarmados por la artificialidad y el intento de agrado de sus propios gestos.

Los resultados son realmente curiosos. He llegado a la conclusión de que la presión, que ya de por sí acompañó a los representantes reales en otros territorios -por la climatología, el idioma o la cultura- erosionó su comportamiento a la hora de dialogar con los diferentes príncipes extranjeros. Pero en el caso de Francia e Inglaterra las negociaciones siempre repiten un patrón de máxima tensión, tal y como atestiguan las constantes solicitudes de destitución por los propios embajadores, así como por el envío de misivas de las soberanas al rey recalcando ese cese; invitándole al relevo por otro representante más válido. Aunque hubo otras tantas misiones que atesoraron enconados enfrentamientos, como pudieron ser los de la Santa Sede con sus díscolos pontífices, ninguno de ellos posee la sutileza de los casos excepcionales referidos.

Para mí no es una novedad comprobar que, aunque nos vistamos, socialicemos y progresemos los seres humanos seguimos poseyendo una esencia instintiva o animal que no nos abandona y que, más allá de cualquier separación o desigualdad entre sexos, nos complementa. Creo que este es uno de estos casos. Y lo que me pregunto es: ¿Qué hubiera ocurrido si las mujeres hubieran tenido un mayor peso en la representación exterior? ¿El cariz de las negociaciones hubiera sido diferente? ¿Y el devenir de los acontecimientos? Nunca lo sabremos.

Imágenes:
Felipe II recibiendo embajadores en el Escorial
Los embajadores, pintura de Hans Holbein el Joven
Catalina de Medicis a las puertas del Louvre
Isabel I de Inglaterra en procesión

domingo, 29 de septiembre de 2013

Los centinelas de Dios

Con casi quinientos ocho años de recorrido la Guardia Svizzera Pontificia es, si cabe, uno de los ejércitos más antiguos y pequeños del mundo. Más conocida como Guardia Suiza, la labor esencial de este cuerpo militar se centra en el mantenimiento de la seguridad del Estado de la Ciudad del Vaticano y, en particular, de su jefe ceremonial, el Papa. Pero más allá de sus llamativos uniformes y su pomposidad se esconde un auténtico grupo de soldados de élite adiestrados al más alto nivel.

Sus primeros pasos se remontan al siglo XV cuando varios pontífices, temerosos de sus enemigos, contrataron mercenarios suizos para su propia protección. Su institucionalización definitiva llegó con Julio II ocupando el trono romano en torno a 1506; su mitificación, con la férrea defensa protagonizada  durante el saco de Roma de 1527. En este episodio quince mil lansquenetes del emperador Carlos V tomaron al asalto la Ciudad Eterna, como castigo al pontífice por haberse alineado con el enemigo encarnizado de aquel, el rey francés Francisco I. 

Salvar a Clemente VII se llevó por delante la vida de más de un centenar de soldados suizos. Los supervivientes lo escoltaron hasta el altar mayor de la basílica de San Pedro por donde escapó al refugio papal, el castillo de Sant’ Angelo, a través del almenado Passetto di Borgo. Desde entonces el 6 de mayo de 1527 es motivo de celebración y orgullo para los centinelas vaticanos que conmemoran la defensa del Papa hasta el último hombre, mientras éste juramenta a los nuevos reclutas.


Ese juramento es el punto final de un largo periodo de adiestramiento y estricto cumplimiento de requisitos. Los ángeles custodios del Papa han de prestar sus servicios en el ejército suizo durante años antes de pasar otra temporada de adaptación tras los muros vaticanos; por no decir que han de contar con la nacionalidad suiza, ser católicos, no rebasar los veintinueve años, medir más de 1’74 o atesorar un pasado impoluto y ejemplar libre de antecedentes penales.

También existen una serie de mitos acerca de estos soldados. Se dice que debajo de sus vivos uniformes ocultan pistolas y granadas o que estos fueron diseñados por el mismísimo Miguel Ángel. Si bien se desconoce si mantienen oculta algún arma, su adiestramiento en el empleo de un gran número de ellas, de explosivos, así como su condición de tiradores expertos constituye una auténtica certeza. Por el contrario no fue Miguel Ángel el encargado del diseño de sus trajes, dado que el actual ronda el centenar de años de existencia y corresponde al que fuera comandante de la Svizzera, Jules Repond.

Repond, tras una meticulosa investigación e inspirándose en los frescos de Rafael, confeccionó el uniforme actual con los tradicionales colores de los Medicis. Sin embargo, junto a este uniforme de gala, diseñó otro para uso diario completamente azul y un último de color rojo para los oficiales. Además añadió a los tocados una pluma de avestruz de diversos colores según el rango de su portador.

En definitiva estamos ante un ejército profesional de élite de acusada longevidad que, en un futuro no muy lejano, quizás admita la presencia de mujeres. Como contrapartida a esta progresista noticia se suma un reciente escándalo romántico entre un capitán de la guardia y un prelado, nombrado por el Papa Francisco para engrosar la nueva cúpula del banco vaticano, ¿Será una maniobra para desacreditar el aperturismo del nuevo pontífice? ¿siguen sobrevolando los cuervos la ciudad de Pedro?

* Foto: Jura de un nuevo recluta levantando los dedos pulgar, índice y corazón en alusión a la Trinidad; posando su otra mano sobre la bandera de la Guardia.