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miércoles, 24 de septiembre de 2014

Días de verano

Ya ha comenzado el verano. Ha entrado entre titubeos: sin calor agobiante, con algunas tormentas y un continuo baile de grados. El sonido melódico de los pájaros entonando sus siringes marca el principio de cada nueva jornada, que muere con el silencio de estos particulares anfitriones. Un pequeño detalle que pasa completamente inadvertido para alguien de la capital que ha elegido el retiro rural para entregarse al conocimiento de la ciencia jurídica. Un torpe urbanita que poco a poco busca aclimatarse a este mundo desistiendo, impotente, en su intento.

No es atrevido catalogar los tiempos que corren como revolucionarios. Nuestras vidas cada vez resultan más "fáciles" gracias al compendio de innovaciones tecnológicas que vamos asimilando día tras día. La posibilidad de comunicarnos ininterrumpidamente ha desdibujado los márgenes de la intimidad del ser humano para proporcionarle un cariz renovado, un soplo de aire fresco junto al elemento que mejor nos define, la sociabilidad.

Renunciar parcialmente a estos ingenios tecnológicos siempre da que pensar. Y más en este entorno campestre en el que el siglo XXI parece postergarse. Para empezar el tiempo se dilata y el día cunde hasta extremos difíciles de imaginar; el mundo hace ademán de detenerse ante la ausencia de información instantánea, dejando una sensación de angustia, primero, y de libertad, después; las contadas conexiones con el mundo exterior acaban por resultar extrañas e, incluso llamativas. Con todo, es inevitable caer en la cuenta, después de algunos días en medio de la nada, de las posibilidades que nos brinda nuestra mente y como ésta acaba por atrofiarse entre estos "prometedores avances". ¿A dónde quiero llegar?

Concretamente al Antiguo Egipto. Desplegadas en ordenadas hileras las bancadas se suceden simultáneamente en el inconfundible espacio diáfano del aula de una facultad. Las caras de los alumnos escrutan con atención un punto de la estancia. Del frontal de la pizarra, surcada por palabras lanzadas y vertiginosas perfiladas en tiza, -signo inconfundible de la mente brillante de su autor-, cuelga un mapa de la cuenca Mediterránea rematado por un título en alemán y con el río Nilo en primer término, flanqueado por una amplia diversidad de símbolos y nombres inapreciables desde el pupitre. A su vera un individuo de imponente estatura acciona con precisión y mesura sus brazos, sincronizándolos con cada expresión de su rostro y palabra que articula su poderosa mandíbula.

Hay personas que marcan inevitablemente tu existencia, aquella era una de ellas. Como apasionado y experto en religiones ancestrales pérdidas en la noche de los tiempos el profesor nos planteó una de sus enriquecedoras reflexiones: "Imaginen verse desprovistos de todos esos artefactos que han convertido en imprescindibles dentro de su rutina. Ahora levántense de sus sitios, abandonen el aula, tomen asiento en alguna duna remota del Egipto de los faraones y oteen la infinidad del horizonte; mediten sobre lo que perciben a través de sus sentidos. El viento dibujando formas caprichosas en la arena y acariciando las crestas de los innumerables montículos, algún rastro marchito de vegetación, ejemplares faunísticos vagando sin rumbo o caravanas de mercaderes avanzando a un ritmo soporífero."

A estas alturas la expresión hipnótica de los pupilos sólo podía presagiar un espectacular final. "Sé lo que están pensando y sí, puede haber alguna forma de vida capaz de soportar esas condiciones tan adversas ¿Pero cómo podrían explicar, desde su perspectiva de espectadores privilegiados, la sensación que les causa observar el errático movimiento de las aves sobre el cielo o de otros animales en tierra? ¿Cuál es su papel en la inmensidad de esa desolada y silenciosa estampa?" Todos esperaban expectantes la respuesta a una pregunta sobre la que nadie iba a postularse, en medio de una pausa interminable.

"Aquellas formas de vida eran la manifestación más certera de la divinidad. Si no me creen levántense y caminen con decisión hacia la pirámide o necrópolis más cercana, penetren en su interior antorcha en mano y contemplen los relieves de las cámaras funerarias. Ahí están. Todos esos animales representados en una posición jerárquica preeminente, fundidos con formas antropomorfas y gesticulando para la posteridad sobre filas de individuos sumisos en disposición de alguna acción reiterativa, laboral o de adoración, dirigidas a sus deidades." La clase al completo no salía de su asombro.

"La observación de la naturaleza más inmediata proporcionó a la sociedad egipcia unas deidades ligadas a cada una de la zonas del Nilo, en representación de sus matices culturales, vitales o del más allá ¿Son ahora conscientes de como nuestro progreso nos ha llevado a dominar ese entorno salvaje y, por ende, acabar con la esencia de misterio e infinidad con el que era percibido por nuestros antepasados? ¿Entienden hasta qué punto la tecnología ha alterado nuestras aptitudes naturales de observación y reflexión para delegarlas en aparatos diminutos que acaban con toda posibilidad de ingenio? Sí algún día dominamos el cielo y otros planetas ¿la dimensión celestial en la que situamos a nuestro dios cambiará y ellos desaparecerán con ella? Créanme, las religiones no son más que la proyección de nuestros temores más ocultos, la adoración de lo inexplicable y misterioso; el límite entre lo conocido y lo que está por conocer, entre la ciencia y la fe. Salgan a la calle y, si lo necesitan, busquen a sus dioses: al músico de la esquina, al kiosquero, al taxista o al perro-guía del vendedor de cupones. Pero si eligen el otro camino, el de la duda, la asimilación, el conocimiento, la cuidada reflexión; no habrá dios que colme sus temores porque el que conoce no teme y el que no teme nunca se detiene." La clase prorrumpió en un sonoro aplauso mientras el profesor asentía entusiasmado en señal de profundo agradecimiento.

Ya hace un rato que el sonido melódico de los pájaros se ha apagado. Sonrío recordando aquellas lecciones magistrales que hoy forman parte de mis gratos recuerdos y de la experiencia. Con una cantidad considerable de vino en el cuerpo, después de varios asaltos a los toneles de la bodega, despacho estás últimas líneas. Otra agotadora jornada rural termina para mí. 

jueves, 18 de septiembre de 2014

Carta del 2014

Hoy, después de mucho tiempo, me he decidido a revolver en el trastero. Ahí, entre un tresillo tapizado con mimo de artesano y deteriorados álbumes de fotos, han aparecido auténticas joyas literarias del Siglo de Oro y muchos de los manuscritos que escribió mi abuelo en sus ratos libres. Cada uno de sus vaivenes emocionales, su insaciable curiosidad y ese temperamento melancólico que nos regalaba día tras días hasta hace unas pocas semanas; ya para la posteridad.

De todos ellos he reparado en uno con fecha de septiembre de 2014. Su contenido aúna las dudas de un veinteañero, las inquietudes de un ciudadano perdido entre las marañas de su propia realidad y las ambiciones de un inconformista. Leer estas líneas cincuenta años después, en pleno 2064, aún resulta alentador:

¿Hacia dónde nos dirigimos? Nuestro mundo está cambiando a pasos agigantados delante de nuestras narices y ni siquiera somos conscientes de ello. Las innovaciones tecnológicas de la última década han alterado nuestros patrones de interacción social y ritmo vital. Nos encontramos en medio de la Tercera Revolución, al menos de las documentadas como tal.

Consecuencia de este empuje es la consolidación de la Globalización. El ajetreo de los circuitos comerciales ha llevado a la búsqueda de nuevas formas de comunicación más instantáneas y eficientes pero también ha tenido una importante proyección política en el campo de las relaciones entre estados. Así los viejos estados nacionales caminan, inexorablemente, hacia su desmembración; para acabar incardinándose, como ya está ocurriendo, en realidades supranacionales o regionales.

¿Cómo revierte este proceso en el sentir general? Mediante una crisis de identidad. La desubicación de los ciudadanos, junto a la crisis financiera, inmobiliaria (en nuestro caso) e incluso axiológica, también está influyendo en nuestra constante forma de percibir el entorno que nos rodea. Como si nuestras espaldas cargaran con una pesada losa que no nos corresponde. Pero existen precedentes.

En efecto, podríamos referirnos a otros periodos revolucionarios. En su seno se produjo un agotamiento de las formas de producción tradicionales que fueron mutando hasta adaptarse a la vanguardia tecnológica, con mayor o menor dinamismo según las naciones. En este contexto todos los que hicieron fortuna fueron adalides de su propio ingenio, dando como resultado nuevos inventos que estimularon aún más el proceso de cambio estructural.

¿Qué hacer hoy en día? Creo debemos tomar el testigo de las generaciones que nos preceden. Nosotros seremos los que, con más pena que gloria, viviremos peor que nuestros padres e hijos (si llegan) pero alumbraremos importantes innovaciones en todos los ámbitos abriendo un periodo completamente diferente a los anteriores. Nada es igual después de una crisis -como sinónimo de renovación- ni mejor, ni peor; simplemente diferente.

Le hecho una foto al texto, la he retocado con una App rudimentaria y la voy a imprimir con el móvil; quiero que el trazo nervioso de estas letras me recuerde, día a día, cada una de las cosas que conozco y poseo gracias al sacrificio de esa generación de activistas y soñadores ¡¿Será que hemos perdido las ganas de luchar?!

miércoles, 23 de abril de 2014

Redención

Hay un lugar en el que la vida y la muerte se dan la mano. La atmósfera de un hospital a nadie le es indiferente, las situaciones tampoco. Desde el futuro y la esperanza al pasado, la reflexión y la entereza. Todo se entrama en un torbellino de emociones que corretea por las frías estancias, mientras la vida cotidiana sigue su curso ahí fuera.

Esta ambigüedad mental encuentra su afirmación en el color. El blanco mezcla todos estos elementos en nuestro cerebro y predispone nuestros pensamientos a una interpretación confusa. Podemos abandonar la noción del tiempo gracias a su vacuidad o tomar su luminosidad como un sentimiento de fortaleza.

En todo caso impera lo insólito. La rutina hospitalaria llega como algo inesperado y poco agradecido que, de prolongarse, te impone una armadura impenetrable a la hora de afrontar tus problemas y preocupaciones de vuelta al mundo exterior. No siempre se puede contar con la suerte de disfrutar de una atención diligente que permita salvaguardar la frialdad del entorno pero, de tenerla, todo resulta más llevadero.

En definitiva se trata de experiencias poco recomendables pero importantes de vivir ¿qué sería de nuestra existencia si todo fuera un camino de rosas, si no supiéramos lo que son las largas horas de impaciencia y cansancio y la satisfacción de saber afrontarlo? Las cicatrices son fundamentales y si tienes el honor de aprender de alguien que las cuenta por decenas todavía más. 

lunes, 14 de abril de 2014

Devaneos del más allá

Creer en lo imposible es un pensamiento eterno. Desde siempre la mente humana ha sentido, y siente, la necesidad de entregarse a cuestiones indemostrables. Me refiero a la presencia de entes supremos, utopías u otras ilusiones con las que hacer frente a las inquietudes del día a día. Así la incansable búsqueda inconsciente de realidades intangibles cobra un atractivo inefable que perdura a lo largo de nuestro devenir.

He aquí el punto de partida de la argumentación. La angustia que puede crear esta clase de dogmas ilusorios impulsa, por instinto, a refugiarnos en la ostentación y el gusto por lo llamativo para dar una perspectiva física a esa realidad subjetiva o mental que nos inquieta. Ello conduce a la eterna paradoja del individuo: la creación de un pensamiento que está por encima de la realidad rodeado con tintes o caracteres propios de esa realidad de la que trata de alejarse.

Reflexionemos un momento sobre las posibilidades de esta idea. Los rasgos familiares implícitos en esa realidad lejana intervienen para atenuar la impaciencia por lo inexplicable y le aportan una empatía muy reveladora para el que sigue sus pasos. Es ese vínculo el que permite, a quienes son conscientes de él, de utilizarlo para convencer a otros de la importancia o valor que tiene seguir el dogma que propugnan. O lo que es lo mismo: los que comprenden la esencia de un ideal pueden utilizarlo para seducir a los que sienten la necesidad de creer en algo diciéndoles lo que quieren escuchar y, de este modo, lucrarse personalmente o dirigirlos según su propia voluntad.

Los ejemplos son interminables. Sectas de todo tipo, religiones, modelos políticos…Todos condensan la fuerza de lo invisible, todos desprenden esa fascinación por lo desconocido que apacigua las dudas existenciales de sus fieles seguidores. Sin duda la proyección de lo desgranado hasta el momento en las organizaciones, o estructuras fácticas que le dan objetividad, supone un triunfalismo aterrador que arroja luz sobre los instintos más nebulosos y bajos de nuestra especie. A pesar de que siempre nos ha acompañado a la hora de relacionarnos en otros ámbitos, más allá de la espontaneidad del ambiente social en el que nos movemos.

¿Qué ocurre cuando eres consciente de algo así? ¿En qué puedes creer cuando observas que el barniz religioso, político o económico que percibes con los ojos no es suficiente para camuflar esos matices de dominio, control y ambición a los que responde nuestra propia naturaleza? Mi pensamiento a día de hoy está huérfano por completo y sólo intenta comprender todo sin ser capaz de simpatizar con nada; prosigue su camino sin resignarse en la indagación de un ideal que permita saciar sus interminables dudas sobre la infinidad del entorno. 

sábado, 1 de marzo de 2014

Un lugar sin igual

Lo recuerdo como si fuera ayer. Individuos de la quinta del ochenta y ocho deambulando por las avenidas y callejuelas de la ciudad del viento a horas intempestivas. Su indumentaria, desenfadada; sus pensamientos, confusos; sus intenciones, más que cuestionables. Era costumbre empezar en Bretón, en aquel antro de cuyo techo colgaban telas polvorientas de colores vivos y que acumulaba pinturas de diversa condición en sus paredes. 

Lo mejor era la atmósfera. Media hora en ese lugar inducía a una profunda somnolencia sólo alterada por las ingentes cantidades de cerveza y los cigarros que se iban amontonando caprichosamente, ya como colillas, en el cenicero; sí, aún se podía fumar en los bares. La camarera también tenía su aquél, a medio camino entre hippie trasnochada y dependienta de bar de carretera. Siempre andaba atrincherada en la barra tras un enorme expositor de cervezas, envuelta en una especie de lúgubre penumbra. Sólo le faltaba escupir en el suelo y ajustarse el sujetador cada vez que pedías la cuenta. Nunca olvidare las noches del Voltaire.

Más tarde nuestro camino continuaba. Pasar la noche en el Casco implicaba atravesar Independencia con paso triunfal, vaticinando otra gran salida, hasta alcanzar el nuevo destino; la vuelta, sin embargo, se asemejaba más a un desfile con tintes de decadencia moral. Pues bien en uno de los numerosos callejones que serpentean por el centro de la ciudad se encuentra uno de esos sitios con identidad propia, entrañables de recordar.

El bullicio era una de sus notas más acordes. Quizás porque muchos de los allí presentes sabíamos que tres cuartos del cubata que te servían era alcohol de calidad a tan solo tres euros y medio. Empezar la noche apostando fuerte en aquel garito suponía evitar una resaca de proporciones considerables y quedarse durante un buen rato no tenía desperdicio.

De todos los calificativos posibles el de “tasca” se revela como más apropiado. A la entrada te recibían unos escalones y una puerta de metal acristalada, de esas que hacen un estrepitoso ruido al cerrarse; el suelo, de terrazo; el techo, a base de un gotelé tosco que creaba estalactitas; y las paredes recubiertas de listones de madera de una textura mugrienta. La barra era un mundo aparte: expositores con bolsas rancias de Lay’s, un grifo solitario de cerveza, servilleteros desperdigados y detrás…ese microondas de estética soviética que te permitía detener el tiempo con tan solo mirarlo. El remate era la tabla de raciones, nunca vimos a nadie pedir alguna.

Al igual que en el anterior el camarero también era una institución. Corpulento, pelo de cortinilla, gafas de cristales empañados por una sustancia desconocida para la ciencia y actitud de comerciante dicharachero a la antigua usanza. Con una voz potente que se elevaba por encima de la acústica general te recordaba su principal atractivo: primeras marcas a precios irrisorios. Nos apiñábamos en el mostrador y sacábamos la cartera una, dos, tres y hasta cuatro veces en busca de la efímera felicidad. El resultado, obvio.  

Lo que más sentí es no haber encontrado antes este sitio. En los pubs más “chic” de la ciudad estudiantes de ropa de marca se recreaban en pedir copas en vasos ostentosos, hielos de colorines, pajitas de formas divertidas y un alcohol que seguramente habría sido destilado en algún sótano clandestino esa misma tarde. Pero allí, en nuestro bar, esos amaneramientos no importaban, pues la materia prima y el entorno valían mucho más que todo aquello.

Ese era el verdadero comienzo del fin. Salíamos de aquel templo de brebajes espirituosos y bajábamos los escalones sonriendo, a la caza de nuevas historias en otros bares de la zona, caminando con dificultad y decisión a otra noche más de recuerdos irrepetibles. 

martes, 18 de febrero de 2014

La locomotora

Viajar es maravilloso. Estudios psicológicos han señalado que cuando la mente se expone a realidades culturales diferentes a las cotidianas se activan los mismos circuitos neuronales que los presentes en los años de la infancia. Más allá de lo fisiológico, y desde lo personal, creo que el pensamiento gana en tolerancia, se libera de prejuicios y afila su raciocinio. En cualquier estación o aeropuerto el tiempo parece detenerse, las historias se entrecruzan y el ajetreo de maletas y transeúntes trasmite una sensación de caos efímero muy reconfortante.


Esta vez he repetido país de destino. En un par de semanas hará un año que conocí Berlín y disfrute de una de las capitales europeas más cosmopolitas y sorprendentes. Ahora mis pasos me han llevado a casa de un viejo amigo en el extremo más occidental de Alemania; para ser más precisos al pueblo de Düren, en pleno corazón de Renania-Westfalia. Hace unos diez días que aterricé en Colonia bajo un manto de frío y lluvia con las migrañas habituales de la época de exámenes.

Había llegado a la tierra de las oportunidades. La estampa no podía ser más gris: cielo encapotado, ambiente gélido y temperamento distante hacia los foráneos; esta tónica se mantendría a lo largo de mi aventura con contadas excepciones. El paraíso de Europa rezuma una moralidad hueca, de doble rasero, entre lo que se ve desde fuera y lo que se percibe en el interior de sus entrañas. Es innegable que la economía alemana atraviesa un momento colosal, una “locomotora” pilotada con mano de hierro por una de las mujeres más influyentes del mundo. Pero ¿a qué precio?

Considero que generalizar implica infravalorar muchos de los elementos que sentenciamos con facilidad en un solo juicio. Sin embargo, he podido percibir un rechazo visceral a los inmigrantes -en especial a los del arco mediterráneo- que, por su falta de coherencia, invita a retrotraerse a épocas oscuras de odio y sinrazón. No se manifiesta abiertamente y no es extrapolable a todo ciudadano pero, a nivel general, se intuye una actitud refugiada en esa burda superioridad “nacional” que tantos errores llevó a cometer en el pasado.

Estos claroscuros no eclipsan los tesoros artísticos y patrimoniales con los que cuenta esta zona. A pesar de la dureza de los bombardeos aliados durante la Segunda Guerra Mundial se pueden admirar las inmensas colecciones de vidrio romano, testigos mudos del floreciente comercio romano en la zona de Colonia; la catedral gótica, con una interminable lista de calificativos para ensalzar su majestuosidad; o los restos del palacio de Carlomagno, con la capilla palatina de Aquisgrán como deslumbrante joya arquitectónica que, durante siglos, acogió las ceremonias de coronación de los emperadores del Sacro Imperio Germánico, reminiscencia fundamental del antiguo esplendor imperial romano.

¿Y qué decir de la cerveza y el chocolate? Si en los próximos meses el dentista me dice que tengo caries no me resultará extraño. No recuerdo haber comido tanto chocolate, chucherías y cerveza a un precio tan asequible. Los variados tipos de Kölsch y la Veltins a un euro el litro han sido un manjar habitual a lo largo de estas vacaciones, mientras la cercanía de las fábricas de Llindt y Haribo hace de los supermercados lugares con una amplia variedad de dulces que te devuelven a la infancia.

Por otra parte las bombas no fueron tan “agradecidas” con el pueblo de Düren. A diferencia de los combates callejeros de Aquisgrán, en este pueblo la destrucción fue casi del cien por cien y se convirtió en uno de los núcleos más bombardeados de toda Alemania. El objetivo clave fue el complejo industrial que suministraba calzado al ejército nazi, así como elementos de la uniformidad, aunque es evidente que también hubo un gran número de víctimas civiles. En diversos lugares del pueblo aún hoy se recuerda con monolitos el lugar desde donde se trasladaba por ferrocarril a los judíos a los campos de concentración o el antiguo emplazamiento de una sinagoga hoy inexistente.

Estas son mis impresiones sobre esta zona de Alemania. He notado claros contrastes con Berlín pero ya se sabe que las metrópolis o las capitales no recogen la identidad de todo el territorio que encabezan, sino que suelen condensar una pluralidad cultural que trasciende las fronteras del propio país. Espero poder regresar en los próximos meses.

Tschüss

martes, 31 de diciembre de 2013

Vértigo

Un año que nos deja y otro que viene. Ya desde sus orígenes el ser humano sintió la necesidad de conceptualizar todos aquellos estímulos percibidos a través de los sentidos y cada una de las piezas que componen la realidad cotidiana. Así ocurrió, por ejemplo, con el tiempo; integrado en nuestro devenir diario después de un variopinto proceso de desarrollo y que tantos quebraderos de cabeza nos da en la actualidad.

Si hay un momento del año que tiene especial importancia en nuestra manera de medir el tiempo es el día de hoy. Una etapa parece cerrarse y nuevas esperanzas se ciernen sobre nuestros actos; sin embargo, creo que no ha de ser así. En esta coyuntura tan adversa sólo el aplomo continuado puede dar sus frutos, tomando las riendas ante un horizonte de incertidumbre y evitando el refugio efímero en iniciativas vanas.

Siempre hay episodios de nuestra vida envueltos en penumbra, en los que una fuerza extraña nos empuja a construir poco a poco un futuro que, creemos, será más agradecido con nuestras conquistas. Creo que es lo mejor que se puede desear a día de hoy, perseverar hasta perder el sentido y permanecer firmes  en nuestros propósitos.

A pesar de mi escepticismo desearos un buen comienzo de año, mes y día y que vuestras ilusiones sean tan fuertes como ayer y mañana. Al final del camino, aunque no obtengáis los resultados esperados, siempre quedará la satisfacción del trabajo y el esfuerzo; al final del camino nuestra conciencia será nuestra mejor aliada.

miércoles, 2 de octubre de 2013

Poder, Secreto y seducción

Hace poco más de un año tuve la oportunidad de investigar sobre un tema que me apasionó. A lo largo de la historia el poder se ha configurado como uno de los rasgos más codiciados por la naturaleza humana, bien por la atracción que desprende bien por su especial erotismo. Estudios psicológicos han hecho hincapié, por ejemplo, en la progresiva alteración que exhibe la conducta de los mandatarios en el desempeño de sus cargos.

Más allá de esta dimensión afrodisiaca y estereotipada existen casos de particular interés. Uno de ellos es el presente en el campo de la Diplomacia y las Relaciones Internacionales durante el reinado de Felipe II, en la segunda mitad del siglo XVI. Este príncipe cristiano que asentó su corte en Madrid hacia 1561 gobernó, con puño de hierro y guante de seda, un territorio comprendido entre las islas Filipinas y la actual Italia, con un total aproximado de cuarenta millones de súbditos.

Esta vasta extensión acogió en su seno un mosaico de reinos que, como patrimonio real y bajo la unidad de la conocida como Monarquía Universal Católica, marcó la política internacional y europea durante las siguientes décadas. Desde la corte madrileña el soberano ocupó una posición preeminente, como centro de una poderosa maquinaria burocrática de consejos y juntas que proyectó una colosal administración en el territorio.

En paralelo a este edificio administrativo interno existió otro externo. La administración exterior, instituida para el mantenimiento de relaciones con otros príncipes de la Cristiandad, desplegó un andamiaje de representación más allá de las fronteras de la Monarquía que situó a embajadores y secretarios de embajada como cabezas de fila. Estos pronto se consolidaron como ariete y alter ego de la voluntad real en tierras extranjeras, aportando un matiz de universalidad al poder de su representado.

Como vemos la estructura externa e interna se movió dentro de un marco tangible de poder. Fue en este entorno donde los tratadistas políticos empezaron a hacer alusiones a términos como el Secreto o acuñar términos como Razón de Estado; este último lo dejaremos para otra ocasión. El Secreto fue el oficio de espionaje o lo que actualmente está ligado al trabajo desempeñado por los servicios secretos de nuestros Estados de Derecho, salvando las distancias.

Si embajadores y secretarios fueron adalides de la acción exterior, debemos detenernos especialmente en estos últimos. Su extensa permanencia en el cargo y sus amplias atribuciones los colocaron al frente de una tercera estructura de poder no tangible. Los secretarios se encargaron de crear, financiar y ampliar redes de espionaje por todo el continente desde la corte más suntuosa hasta el más sucio de los callejones, siempre y cuando existiera información valiosa.

Así las cosas dichas redes estuvieron engrosadas por agentes, enlaces y confidentes. Todos ellos coordinados por los secretarios desde las embajadas, mientras estos lo fueron a su vez por el Secretario Real, mano derecha del rey y auténtico cerebro gris de este tupido tejido. Sus funciones: recabar información para anticiparse a los movimientos de sus oponentes, conocer sus puntos débiles, golpear con contundencia y determinación en los momentos precisos, así como descabezar o desmantelar cualquier hostilidad que se fraguara en el seno de la organización real.

Pero en ningún caso debemos pensar que todos ellos se plegaron a una rígida disciplina, puesto que el mantenimiento de sus actuaciones derivó en elevados costes y sacrificios para la hacienda real; tampoco debemos pensar que, a pesar de estas sumas, mantuvieron su lealtad, ya que estaban a la expectativa de percibir sumas más apetitosas de otros oponentes.

¿Qué tiene que ver toda esta radiografía del poder filipino con la seducción? Sencillo. Como se ha venido avanzando las cortes europeas fueron durante la segunda mitad del siglo XVI auténticos epicentros de autoridad, desde donde las facciones pugnaron por ocupar las altas instancias del organigrama de autoridad. En este contexto cuando un nuevo embajador llegaba a la corte debía tener en sus manos un amplio y detallado informe sobre las facciones nobiliarias, los personajes más ilustres y los agentes sobre el terreno. Con ello el cumplimiento de la voluntad de su rey resultó más fácil de abordar.

Su campo de acción no se limitó al concurrido ambiente cortesano puesto que los embajadores solicitaban audiencias privadas con el soberano extranjero. De esta manera los designios de amplias entidades de poder quedaban en manos de una conversación entre dos personas en las que mucho tuvo que ver la seducción, al menos la política. El objetivo de cada una de las partes era obtener de su interlocutor el mayor número de concesiones o prebendas, ya que si el embajador había recibido información previa sobre el comportamiento, las preferencias y preocupaciones del príncipe su labor resultaba más eficiente. Al contar con este conocimiento hostigar al soberano era más sencillo, pues se le decía lo que quería oír y se le agasajaba con toda suerte de cumplidos.

Este forma de proceder constituyó, a mi modo de ver, un auténtico medio de seducción. Aunque con un matiz más político que sentimental, guiado este último por la espontaneidad y por la conquista de la persona en sí misma, sin llegar a percibir sus intereses igualmente. La situación hipotética sería la siguiente: imaginad una estancia empedrada y decorada con ricos tapices en la que dos personas, de gran autoridad, se desnudan dialécticamente para rebajarse o defender hasta el sinsentido argumentos inefables; o al contrario.

Llegados a este punto en mi pensamiento empezaron a aflorar ciertas conjeturas. Cuando trabajas dentro de unos márgenes analíticos a una alta intensidad y en un periodo de tiempo reducido resulta complicado atender todos aquellos detalles que no terminan de encajar. De este modo, después de finalizar la investigación, advertí como en este mundo de hombres existieron excepciones en las que las mujeres tomaron partido a la hora de decidir sobre los designios políticos de sus reinos.

Dado que nunca pudieron acceder a la condición de embajadoras, sí lo hicieron como reinas. Así ocurrió en la Francia de Catalina de Medicis o en la Inglaterra de Isabel I; en estos casos resulta interesante la correspondencia que mantuvieron los embajadores filipinos con su rey en referencia a las audiencias con las soberanas. La tensión, desesperación y agotamiento se repitieron en las misivas, puesto que las negociaciones con ellas resultaron siempre una pérdida de tiempo o una seducción imposible.

Este último año he intentado resolver este pequeño detalle y es posible que haya dado con la solución. Después de acudir a libros de psicología sobre lenguaje gestual y corporal, así como de mecanismos naturales de manipulación, parece más comprensible. Resulta que nuestro lenguaje se puede analizar siguiendo unas pautas matemáticas: cuando hablamos o escuchamos desplegamos inconscientemente toda una coreografía gestual que refuerza nuestras palabras o silencios, constituyendo estos gestos entre el 80 o 90% de nuestra comunicación. El resto queda a merced de las palabras, por lo que una descoordinación entre gestos y palabras puede proyectar en el otro interlocutor inseguridad, mentira o locura.

Pero aquí no termina la genialidad del asunto. Resulta que la mente femenina muestra una capacidad muy superior a la masculina en el análisis gestual por razones de instinto; esta ventaja es de diez sobre uno. Al ser consciente de que, por ejemplo, la posición de las extremidades, el tono de voz, la cadencia de parpadeo, la elevación de las cejas u otras tantas formas gestuales determinan más de lo que pensamos nuestras palabras, la desesperación protagonizada por los embajadores parece más comprensible; quedando completamente desarmados por la artificialidad y el intento de agrado de sus propios gestos.

Los resultados son realmente curiosos. He llegado a la conclusión de que la presión, que ya de por sí acompañó a los representantes reales en otros territorios -por la climatología, el idioma o la cultura- erosionó su comportamiento a la hora de dialogar con los diferentes príncipes extranjeros. Pero en el caso de Francia e Inglaterra las negociaciones siempre repiten un patrón de máxima tensión, tal y como atestiguan las constantes solicitudes de destitución por los propios embajadores, así como por el envío de misivas de las soberanas al rey recalcando ese cese; invitándole al relevo por otro representante más válido. Aunque hubo otras tantas misiones que atesoraron enconados enfrentamientos, como pudieron ser los de la Santa Sede con sus díscolos pontífices, ninguno de ellos posee la sutileza de los casos excepcionales referidos.

Para mí no es una novedad comprobar que, aunque nos vistamos, socialicemos y progresemos los seres humanos seguimos poseyendo una esencia instintiva o animal que no nos abandona y que, más allá de cualquier separación o desigualdad entre sexos, nos complementa. Creo que este es uno de estos casos. Y lo que me pregunto es: ¿Qué hubiera ocurrido si las mujeres hubieran tenido un mayor peso en la representación exterior? ¿El cariz de las negociaciones hubiera sido diferente? ¿Y el devenir de los acontecimientos? Nunca lo sabremos.

Imágenes:
Felipe II recibiendo embajadores en el Escorial
Los embajadores, pintura de Hans Holbein el Joven
Catalina de Medicis a las puertas del Louvre
Isabel I de Inglaterra en procesión

viernes, 27 de septiembre de 2013

Razón versus intuición

No suelo ver la tele pero hace unos días me quedé un rato mirando una entrevista que le hicieron a Punset. Me encanto su presencia y expresividad: tomándose su tiempo para escuchar a su interlocutor y contestarle de forma pausada y argumentada. Hoy día no es habitual ver a alguien mantener la compostura de modo tan estoico; en este caso, aguantando los apabullantes aplausos del público y las esporádicas interrupciones del presentador.

Con la presentación de su último libro este eminente pensador ha traído a colación una temática que me ha resultado interesante. Citando una serie de ejemplos históricos desarrolla el planteamiento de que la razón, creación artificial del hombre para dar mayor solidez a sus argumentos y ofrecer nuevas perspectivas, se impuso de manera imprescindible en la condición humana hasta llegar a nuestros días. Sin embargo la intuición, expresada como mecanismo natural e instintivo, ha estado presente a lo largo de toda nuestra existencia.

Así las cosas el autor explica cómo nuestra mente, previamente estimulada, trabaja en busca de la solución a un problema que le hemos planteado sin un razonamiento previo. Es decir, la respuesta puede llegar en cualquier momento, en la vertiente más pura del concepto de eureka. Se trataría en todo caso de exponer una cuestión a nuestro pensamiento y, mientras nos dedicamos a acometer otros menesteres, obtener el remedio sobre el estímulo trazado en un momento no determinado o inesperado.

Esta prevalencia de la intuición ha sido atestiguada por el autor con el ejemplo de las investigaciones llevadas a cabo por Darwin. Este investigador tuvo que enfrentarse al sólido dogma religioso del creacionismo, arropado paladinamente por el mundo cristiano, al afirmar que la amplia pluralidad de especies presentes en su momento rebasaba con creces el marco temporal establecido por los designios de la divinidad.

Por si fuera poco, y cayendo en el conformismo tan típico que ha configurado y caracteriza cotidianamente la existencia humana, las ideas de Darwin fueron denostadas de inmediato. Como siempre resulta más fácil adherirse al pensamiento unánime y borreguero del común de los mortales que ofrecer una crítica constructiva con argumentos coherentes y discordantes. Pero siempre habrá unos pocos que, guiados por su intuición, rompan moldes y razonamientos añejos y consolidados y arrojen luz sobre nuevas perspectivas que, sin ser definitivas, resulten enriquecedoras y complementarias.