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martes, 9 de diciembre de 2014

Mentiras

-¿Qué intentas decirme?

-Que sigo aquí, a tu lado.

-Mientes.

-Miento ¿o te mientes a ti misma?

-Intento discernir entre la quietud de tu espíritu y las sombras de mi pasado.

-Palabras voluptuosas para engalanar tu elegante falta de honradez.

-¿Tú crees?

-Aunque te dijera lo que quieres escuchar seguiría pensando lo mismo.

-Quizás porque nunca has tenido el valor de conocerte y saber hasta dónde serías capaz de llegar.

-O quizás tu inconmensurable impasibilidad nunca me ha dado la posibilidad de hacerlo.

-En todo caso, mientes.

-Y lo que te gusta.

-Hoy y todos los días, mentiroso.

lunes, 14 de abril de 2014

Devaneos del más allá

Creer en lo imposible es un pensamiento eterno. Desde siempre la mente humana ha sentido, y siente, la necesidad de entregarse a cuestiones indemostrables. Me refiero a la presencia de entes supremos, utopías u otras ilusiones con las que hacer frente a las inquietudes del día a día. Así la incansable búsqueda inconsciente de realidades intangibles cobra un atractivo inefable que perdura a lo largo de nuestro devenir.

He aquí el punto de partida de la argumentación. La angustia que puede crear esta clase de dogmas ilusorios impulsa, por instinto, a refugiarnos en la ostentación y el gusto por lo llamativo para dar una perspectiva física a esa realidad subjetiva o mental que nos inquieta. Ello conduce a la eterna paradoja del individuo: la creación de un pensamiento que está por encima de la realidad rodeado con tintes o caracteres propios de esa realidad de la que trata de alejarse.

Reflexionemos un momento sobre las posibilidades de esta idea. Los rasgos familiares implícitos en esa realidad lejana intervienen para atenuar la impaciencia por lo inexplicable y le aportan una empatía muy reveladora para el que sigue sus pasos. Es ese vínculo el que permite, a quienes son conscientes de él, de utilizarlo para convencer a otros de la importancia o valor que tiene seguir el dogma que propugnan. O lo que es lo mismo: los que comprenden la esencia de un ideal pueden utilizarlo para seducir a los que sienten la necesidad de creer en algo diciéndoles lo que quieren escuchar y, de este modo, lucrarse personalmente o dirigirlos según su propia voluntad.

Los ejemplos son interminables. Sectas de todo tipo, religiones, modelos políticos…Todos condensan la fuerza de lo invisible, todos desprenden esa fascinación por lo desconocido que apacigua las dudas existenciales de sus fieles seguidores. Sin duda la proyección de lo desgranado hasta el momento en las organizaciones, o estructuras fácticas que le dan objetividad, supone un triunfalismo aterrador que arroja luz sobre los instintos más nebulosos y bajos de nuestra especie. A pesar de que siempre nos ha acompañado a la hora de relacionarnos en otros ámbitos, más allá de la espontaneidad del ambiente social en el que nos movemos.

¿Qué ocurre cuando eres consciente de algo así? ¿En qué puedes creer cuando observas que el barniz religioso, político o económico que percibes con los ojos no es suficiente para camuflar esos matices de dominio, control y ambición a los que responde nuestra propia naturaleza? Mi pensamiento a día de hoy está huérfano por completo y sólo intenta comprender todo sin ser capaz de simpatizar con nada; prosigue su camino sin resignarse en la indagación de un ideal que permita saciar sus interminables dudas sobre la infinidad del entorno. 

martes, 31 de diciembre de 2013

Vértigo

Un año que nos deja y otro que viene. Ya desde sus orígenes el ser humano sintió la necesidad de conceptualizar todos aquellos estímulos percibidos a través de los sentidos y cada una de las piezas que componen la realidad cotidiana. Así ocurrió, por ejemplo, con el tiempo; integrado en nuestro devenir diario después de un variopinto proceso de desarrollo y que tantos quebraderos de cabeza nos da en la actualidad.

Si hay un momento del año que tiene especial importancia en nuestra manera de medir el tiempo es el día de hoy. Una etapa parece cerrarse y nuevas esperanzas se ciernen sobre nuestros actos; sin embargo, creo que no ha de ser así. En esta coyuntura tan adversa sólo el aplomo continuado puede dar sus frutos, tomando las riendas ante un horizonte de incertidumbre y evitando el refugio efímero en iniciativas vanas.

Siempre hay episodios de nuestra vida envueltos en penumbra, en los que una fuerza extraña nos empuja a construir poco a poco un futuro que, creemos, será más agradecido con nuestras conquistas. Creo que es lo mejor que se puede desear a día de hoy, perseverar hasta perder el sentido y permanecer firmes  en nuestros propósitos.

A pesar de mi escepticismo desearos un buen comienzo de año, mes y día y que vuestras ilusiones sean tan fuertes como ayer y mañana. Al final del camino, aunque no obtengáis los resultados esperados, siempre quedará la satisfacción del trabajo y el esfuerzo; al final del camino nuestra conciencia será nuestra mejor aliada.

domingo, 6 de octubre de 2013

Veteranos

Pocas horas atrás regresaba a casa entre los abrazos de la madrugada. Ni siquiera recordaba lo que era una noche épica, de las de antes, de las que ya no abundan. La calidez de las conversaciones interesantes, la atmosfera cargada de nicotina y el trasiego de botellas de vino refinado entre los comensales ya presagiaban una buena salida.

Comenzamos entre una degustación de setas, tomates y embutidos. Como si de un homenaje a nuestra tierra se tratara, el chef puso el broche de oro a la creatividad de cada uno de sus platos y nos elogio con una brillante clase magistral sobre las variedades y el cuidado de los productos que había aderezado. Aún quedan lugares de arraigada tradición culinaria con los que las grandes empresas de comida basura no han podido, a pesar de subsistir con un hálito suave y débil pero decidido.

Proseguimos nuestra particular celebración por la solitaria vida nocturna. Aunque no por mucho tiempo, pues por delante quedaba la sorpresa de un ambiente cambiante asaltado por una muchedumbre más que sedienta. Y así, lingotazo tras lingotazo, continuo el homenaje a los veinticinco, con ganas de dar mucha guerra y de lucir las cicatrices de la experiencia bajo las rutilantes ráfagas de la luna junto con mis egregios acompañantes vitales. No es la emoción, sólo el peso de los años y la majestuosidad que desprende la veteranía.

Imagen: Nighthawks, de Edward Hopper 

domingo, 22 de septiembre de 2013

Vejez, eterna maestra

Un día soleado como hoy no es propio de estas fechas otoñales y más si sales a la calle con jersey. Con este panorama he ido a visitar a mi querida abuela para ver cómo, a sus noventa y seis años, se va deteriorando un poco más. En pocos días el declive ha sido importante pero su cabeza sigue funcionando con una clarividencia envidiable. Merece la pena escuchar a nuestros mayores, aunque actualmente optemos por confinarlos en residencias, desentendernos y dedicarles unas tristes horas a la semana por mera cortesía.

No siempre fue así. En la Antigüedad los ancianos ocupaban un lugar preeminente dentro de las sociedades por contar con algo que hoy sólo está en boca de las empresas a la hora de contratar a sus futuros empleados, la experiencia. Pero la experiencia a la que me refiero va más allá del sentido existente en la mediocre sociedad vigente, siendo la de nuestros antepasados la correspondiente nada menos que a la de toda una vida.

Quizás el ejemplo que más se ajusta a este planteamiento es el de la sociedad espartana. Imbricada en su andamiaje gubernativo existió la denominada Gerusía, un consejo formado por ancianos encargados de realizar tareas de especial delicadeza y para las que se requería una experiencia de profunda raigambre. Tareas como la elaboración de los proyectos legislativos, los juicios por pena de muerte o los juicios contra los reyes espartanos. De una u otra forma todas ellas tenían una proyección sobre el resto de la sociedad que confiaba su futuro a los que habían recorrido la larga senda del pasado.

Como contraste siempre recuerdo un episodio famoso de la historia reciente de España y que mi abuela me narró con todo detalle. Me estoy refiriendo a la breve tentativa republicana encabezada por los capitanes Galan y García Hernández cuando, en diciembre de 1930, sublevaron la guarnición militar de Jaca y se dirigieron a Huesca haciendo un alto en Ayerbe.

Es aquí donde por aquel entonces vivía mi abuela y donde, a sus trece años de edad, vio detenerse un convoy militar que paraba a repostar antes de emprender su camino hacia la capital. Recuerda con especial impresión  el testimonio de un guardia civil que, con la cara ensangrentada, afirmaba que los iban a matar; no se equivocaba.

A su llegada a Huesca los capitanes fueron fusilados y su arrojo los convirtió en los primeros mártires de la II República. Pero también surgieron ciertas discrepancias en el seno de los firmantes del Pacto de San Sebastián, al ser tachada la sublevación de precipitada y oportunista. El resultado, por tanto, fue dispar pero sirve para atestiguar como la impulsividad y la carencia de reflexión propia de la juventud conduce a cometer errores que, si bien pueden ser positivos, también pueden provocar consecuencias que sólo las cicatrices de la experiencia y el pensamiento pausado de la madurez son capaces de pronosticar.