No os detengais compañeros

jueves, 16 de septiembre de 2010


La ventana está abierta, la deliciosa voz de Freddie Mercury suena en los auriculares, el ambiente de la habitación se contagia de la humedad exterior, la ocasión es perfecta para recordar.

Tiempos que se echan de menos, el sonido de Queen inaugurando noches de jueves desde los altavoces del ordenador, el conejo royendo con nerviosismo los barrotes de la jaula, el humo flotando sobre nuestras cabezas, la cachimba burbujeando, el pacharán pegando las cartas a la mesa y, cómo no, las voces inconfundibles entremezclándose con todo lo anterior. Algunos, en silencio, mirando al suelo para evitar que los naipes les comiesen terreno; otros, dispuestos a contar aconteceres vitales; todos prestando atención a dedos, guiños y preguntas.

La cena era un espectáculo en sí misma. Todo lo que se cocinaba pasaba por una sartén con aceite hirviendo, los alimentos se contaban por calorías, nunca por cantidades, y los platos siempre quedaban cuidadosamente desordenados sobre la mesa, relucientes de pegotes de grasa. No es extraño que, con un nuevo amanecer, la resaca y los gritos de desesperación fueran el despertar habitual.

No era para menos, aunque lo peor estaba por llegar pues, en pleno brote psicótico, Segismundo –utilizare nombres en clave, ya que no cuento con derechos de autor- había tirado todas las servilletas por el suelo y al día siguiente, tras el sueño correspondiente, aparecieron en la jaula del orondo roedor. Las estaba utilizando a modo de cama y se erguía impasible ante las miradas de sus dueños, desafiante, marcando su territorio con abundantes cacalos.

Otras se podrían contar, tantas como tiempo tengo hasta enfilar Los pilares de la tierra. Pongamos que habló de las salidas triunfales del portal de casa, rampa abajo haciendo el cafre con el batiburrillo etílico correspondiente, bañando las grasas ingeridas, en los estómagos de los intrépidos aventureros. O porque no, las acostumbradas carreras de contenedores, las odas a los tercios, la escalada de farolas, las conversaciones en ingles de algunos desde casa hasta el casco, la imitación de anécdotas pasadas, el despelote general. Eran momentos únicos que se volverán a repetir.

A todo esto hay que sumar las putadas correspondientes del tipo cubatas triples y comentarios agradables del siguiente estilo: ¿Te encuentras bien escoria? Déjame en paz, soy médico y sé cómo me encuentro, gilipollas –a continuación el convaleciente metió la cabeza en el váter para rematar la faena-.

Este mundo maravilloso de luz y color supuso una rica aglomeración de fotos, videos y comentarios ingeniosos. Hoy he narrado algunos, no podría contar todos pero podría recordarlos y cuando lo hago vuelvo a sonreír viendo como cada momento vivido no ha sido desaprovechado. Este año más, y no será el último, os lo garantizo, quedan aún demasiados, demasiados, demasiados.

Dedicado a mi buen amigo Asier, promotor de recuerdos y momentos inigualables, y a todos aquellos que se sientan identificados con estas líneas.

1 Virreyes han informado:

Campanilla dijo...

Muy profundo todo! :P
Ahora falta el rincón de los condotierros, pero no quiero presionar a nadie, jijij.
Muaks!