
Lo consulte con la almohada, el día había llegado. Fue así como comencé un 20 de mayo de cielo encapotado y bicentenario de derrota francesa a manos austriacas. Después de esto pensé, hoy sería un día cojonudo. En efecto, estaba equivocado, iba a ser un día muy pero que muy normal.
Nada hacía esperar que al salir de casa todo el peso del calor me cayera sobre las meninges, mientras miraba obnubilado algunas minifaldas al viento, cosas de la edad. Seguí avanzando con el consistente pitillo entre los dedos, pensando en que falacias escupiría aquel que era doctor en Historia Moderna y que solo tenía ojos para morisco buenos y Austrias tiranos y perversos.
El cigarro se termino y volví a la realidad, una calle transitada por abuelos con bastones en plena competición, chicas rubias de pelo liso con gafas policiacas sesenteras –he llegado a pensar que las clonan- y, cómo no, gente normal. En poco tiempo ya me encontraba sentado en un banco leyendo las andanzas del pequeño Prim, esperando la llegada de mis compañeros.
Todo paso lenta y pegajosamente, el calor se hacía inaguantable y notaba como mi tensión se iba por los suelos, por suerte había comprado una lata de coca-cola que no pude abrir hasta que termino la clase y, hasta que el momento llego, no paraba de mirar la lata con ojos de deseo, viendo como el hielo se deslizaba suavemente por el aluminio.
Fin del manifiesto dictatorial de Primo, podíamos volver a casa pero la tarde aún me deparaba una sorpresa. Salí de clase con un compañero para dar vueltas, bajo el cataclismo celestial que se alzaba sobre nuestras molleras, por aquella ciudad dejada de la mano de la paz y la tranquilidad.
Fue en la despedida cuando, sin querer, derrame dos lágrimas que salieron del fondo de mi cuero cabelludo, estaba cayendo el diluvio universal y el menda estaba clavado en una larga avenida lejana a su casa barajando la idea de pegarle un tiento a la botella de adrenocromo.
Tocaba acabar con la ponzoña del calor, así lo había determinado mi almohada y así iba a suceder. Eche a andar tranquilamente calle arriba mientras la gente pasaba con sus paraguas y seguí caminando por la parte más alejada de la acera, sorteando árboles y kamikazes, para que me siguiera cayendo más agua. Aún no era suficiente y la tormenta se endureció más, tuve la suerte de deslizarme por una acera, con mis zapatillas caladas hasta los cordones, sin caerme, fue genial.
Al final llegue a casa, más chupido de lo esperado y empecé a escribir esta sarta de ideas, carentes de toda sensación onírica, confabuladas en lo que parecía un día normal. Empecé a pensar con tristeza cuando volvería un día de lluvia como ese…y me enfade con la almohada.
Sucedió en Brasil
Hace 4 horas




5 Virreyes han informado:
...chicas rubias de pelo liso con gafas policiacas sesenteras –he llegado a pensar que las clonan-...
hummmm, estás casi tan obseso como yo.
jaja pa mi k salen de debajo de las alcantarillas...se me olvido añadir que llevaban camiseta blanca con un corazon rojo donde decia algo así como:I love no se k mas...demasiado impersonales, son clones joder xdd
...y ustedes no pueden sin nosotras, jejeje...clones o no pueden alejarnos de sus centros de observación.
saludos!
Estás pirado. Y lo sabes.
Ya lo creo, eso es lo que me hace ser feliz, sino no fuera consciente de que lo estoy mi dirección personal se reduciría a hospital psiquiáterico s/n.
Un abrazo mozo!!
P.D: Lo que no es, no puede ser y además es imposible.
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