Tarde lluvia, entre los matorrales, llevábamos esperando unas cuantas horas a que avanzaran la posición. Si el informador no se había equivocado debían pasar por el pedregoso sendero, que se presentaba ante nosotros, silencioso y resbaladizo.
Hacía meses que había empezado la guerra. El impávido Napoleón había entrado con su ejército en la península en su camino hacia Portugal y con el añadido del motín de Aranjuez, ,que puso de manifiesto la debilidad del orden gabacho reinante, todo se precipitó.
Las noticias llegaban con cuentagotas y a medias tintas, lo que extendía un temor aún más generalizado entre esos pequeños micromundos rurales del país. Un país que por aquel entonces no conocía más poder que el de los propios caciques, sin saber siquiera si existía tal rey o gobernaba el vecino.
Esta era la triste realidad de una monarquía que pretendía aparentar un extraordinario control administrativo sobre el territorio, pero sin contar con una burocracia bien asentada y necesaria para ejercer dicho control. ¿Sería esto lo que nos empujó a la guerra de guerrillas con un ejército totalmente descoordinado, una monarquía de reyes cobardes y una sociedad sin identidad nacional?
Ya era tarde para responder a esa pregunta, ahora tocaba pensar en la realidad que nos ocupaba, pues nos encontrábamos con una nación totalmente alzada en armas sin apenas dar tregua al ejército invasor, desesperando a los subordinados del “pequeño cabo”, pero lo que es más importante, dando lugar a un pensamiento que marcaría para siempre la Historia Universal y se vería nacer en la mayoría de las naciones de Europa, bien propagándose, bien creciendo de forma natural. En efecto, estoy hablando del nacionalismo.
La Magna revolución aun estaba presente en nuestras cabezas pero estaba empezando a contagiar nuestros corazones con sus tres famosos ideales y es que, por vez primera, el pueblo se lanzó a las calles y a los campos, para defender a sus familias, para defender a su patria, olvidándose de aquellos monarcas que nos habían abandonado a nuestra suerte y que tantos quebraderos de cabeza nos darían en las décadas siguientes queriendo recuperar lo irrecuperable.
Todo ello era causa común pero en lo personal siempre quedaba el recuerdo de nuestros seres queridos y, particularmente, todos los días tenía alguien en quien pensar. Cabello negro y liso, ojos verde esmeralda, nariz fina y afilada, boca pequeña, sonrisa risueña; estaba enamorado y eso no era lo peor, llevaba con ella años y la guerra había aparecido como un espectro devorador del tiempo y de todo sentimiento humano.
Cada día la recordaba, los paseos por los caminos circundantes al pueblecito donde vivíamos, nuestro lugar favorito bajo un árbol, donde tantas veces nos besábamos, sobre la extensa alfombra otoñal de hojas caídas a placer y reíamos con cosas absurdas que sucedían a nuestro alrededor. Añoraba esa tranquilidad pero sobretodo la tranquilidad que me daba y la total seguridad de que ni nada ni nadie nos iba a separar, porque nos queríamos. Pero la vida no se construye precisamente con ladrillos de amor y cemento de afecto y eso era algo que me había enseñado la guerra y el largo tiempo que llevaba separado de ella. Sabía que, si algún día tenía la suerte de volver a verla, no la querría tanto, sería diferente.
Llevaba tiempo sin saber de su vida y su acontecer, la última vez que la vi marchaba entre sollozos hacia Madrid, en medio de una tarde invernal. Después, llegaron noticias a nuestros oídos de que en la capital de España, se había desatado la anarquía, tras la violenta represión llevada a cabo por un destacamento de granaderos napoleónicos en las inmediaciones del Palacio Real.
A partir de ese momento se preparó una rápida e ineficaz defensa, que daría a la embrionaria nación sus primeros mártires: Daoiz y Velarde. También se supo que las tropas habían arrasado los jardines del palacio del Buen Retiro y que una plaza había sido defendida íntegramente por mujeres, por lo que se me ocurrió pensar en ella.
De repente, todo se disipo, el destacamento francés estaba atravesando la senda y seguíamos en los matorrales con las armas cebadas, apuntó para realizar nuestra primera descarga.
Sucedió en Brasil
Hace 4 horas




3 Virreyes han informado:
Estás dispuesto a dejarnos impresionados a toda costa, ¿eh, maese historiador? Bueno, lo estás consiguiendo.
Sigue así.
Hablando de otra cosa, ¿no te parece que un hombre de esas épocas no emplearía palabras como "micromundo"? Cuídate del vocabulario culto, hermano mío. Muchas son las cosas que se pueden decir con arcaísmos, pocas no pueden expresarse... siempre que no intentemos explicar temas técnicos como la definición fundamental del movimiento de una partícula superacelerada en un dispositivo supercolisionador de hadrones.
O en algo mucho más complicado que eso. Tal vez. Supóngase.
Em, por cierto... Nuestro Blog de crítica está cerrado al público por el momento, hasta que no tengamos algo más en él, mejor que no pongas un link al mismo en tu Blog. No es que no me parezca bien, es que nadie podrá entrar a mirarlo aún.
Necesitamos más tiempo. Y más chicha. Necesitamos chicha para Tarantino. ¿Te parece bien el título, por cierto? Ya que estoy, pregunto.
¡Cuídate! ¿Nos veremos mañana?
Miau.
Jeje, la verdad es que lo pense, un hombre en esa época no podía saber tantas cosas generales, pero si no lo pongo la historia pierde.
Lo de micromundos lo saque de mi profesor de contemporánea, que ahora que lo estamos dando siempre dice esa palabra, que creo que es la que mejor la define.
En fin, sobre el blog, ya he puesto indicado que está en construcción, es por no quitarlo y volverlo a poner. en el momento que este disponible ya lo indicare.
Mañana nos vemos pues, Lorenzito me vendrá a buscar a la estación luego si eso ya te pasamos a llamar, un abrazo pequeño xavi.
Miau.
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